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La mañana siguiente, la luz entraba por la ventana, bañando mi habitación con su brillo suave. No pude evitar sonreír al despertar, recordando la tarde que habíamos pasado Richard y yo. Habíamos hablado mucho, y aunque seguíamos con la incertidumbre de lo que venía, había algo claro entre nosotros: queríamos estar juntos, sin importar las complicaciones.
Me levanté, me preparé rápidamente para el día y, mientras tomaba mi café, empecé a pensar en lo que significaba tomar esa decisión de estar con él. Sabía que no sería fácil, pero no me arrepentía. Algo en mi interior me decía que, esta vez, todo valdría la pena.
Apenas me metí en la ducha, mi teléfono sonó en la mesa. Vi el nombre de Richard en la pantalla. Mi corazón dio un pequeño brinco de emoción.
—Hola —contesté.
—Hola, Sarita. Estoy en camino a tu casa. ¿Te viene bien que pasemos el día juntos? —preguntó su voz cálida.
—Claro. ¿A qué hora llegarás?
—En una hora, más o menos. Tengo que hacer unas cosas primero, pero luego paso.
Colgué, sintiendo que una mezcla de nervios y emoción comenzaba a invadirme. Sabía que ese día sería importante. Después de la conversación que tuvimos ayer, las cosas entre nosotros habían cambiado. Ahora era el momento de ver si podíamos seguir construyendo sobre esa base de sinceridad, o si el miedo a lo que podría venir lo destruiría.
No pasó mucho tiempo antes de que Richard llegara. Lo vi estacionar su coche frente a la casa, y mi corazón se aceleró un poco. Salí a recibirlo, y cuando lo vi bajar del coche, no pude evitar sonreír. Él se acercó con esa actitud tranquila que tanto me gustaba, pero en sus ojos pude ver algo más, algo más profundo.
—¿Todo bien? —me preguntó mientras me abrazaba.
—Sí. Todo bien. —Le sonreí, pero había algo en el aire, una tensión que no podíamos ignorar.
Nos sentamos en el jardín, bajo la sombra de un árbol, hablando de todo y de nada. No podíamos quedarnos demasiado tiempo en la superficialidad. Sabíamos que era el momento de hablar de lo que realmente importaba.
—Sarita, he estado pensando en lo que dijiste ayer. Sobre cómo esto no será fácil... —su voz sonaba sincera, pero también un poco preocupada.
—Lo sé, Richard. Lo sé, pero... no podemos seguir corriendo de nuestras dudas. Esto es algo grande. Y aunque quiero estar contigo, también me da miedo. Me da miedo que no podamos hacer que funcione.
—No quiero que tengas miedo. Lo último que quiero es que te sientas insegura. —Se acercó, tomando mi mano. —Pero lo que más me asusta es perderte.
Había algo en su mirada que me hizo sentir más cerca de él, más conectada con todo lo que estábamos viviendo. Me hizo pensar que quizás, solo quizás, estábamos listos para hacer que esto funcionara.
—Es que es complicado, Richard. No es solo nosotros. Hay tantas cosas en juego... tú tienes tu carrera, y yo tengo la mía. No quiero que nuestra relación nos arrastre a ambos. —Me mordí el labio, luchando por encontrar las palabras correctas.
—Yo también tengo miedo. No es fácil para mí. Pero si quiero estar contigo, lo que tenemos que hacer es confiar. Y sé que no puedo pedirte que lo hagas sin dar lo mismo yo.
Sentí la fuerza de sus palabras. Richard siempre había sido directo y claro, pero en este momento, había algo en su forma de hablar que me hizo darme cuenta de que ambos estábamos dispuestos a luchar por nosotros.
—¿Y si no funciona? —pregunté, apenas un susurro.
—Lo que no quiero es arrepentirme de no haberlo intentado —dijo, su tono más firme. —Lo que sea que pase, al menos sabremos que dimos lo mejor de nosotros.
Me quedé en silencio por un momento, reflexionando sobre sus palabras. Sabía que lo que estábamos proponiendo era un salto al vacío. Pero, a su vez, había algo en mí que me decía que el riesgo era necesario. No podíamos seguir huyendo de lo que sentíamos solo porque era complicado. Había que intentarlo.
—Entonces, ¿qué vamos a hacer? —pregunté finalmente, mirando sus ojos, buscando en ellos una respuesta.
—Vamos a luchar por nosotros. No sé qué va a pasar después, pero si estamos juntos, lo haremos bien. Sin mentiras, sin dudas. Solo nosotros dos.
La calidez de su voz me envolvió, y sentí como si todo a nuestro alrededor desapareciera. No había más dudas, solo claridad. Sabíamos que lo que teníamos no era fácil, pero valía la pena intentarlo.
Nos acercamos lentamente, y antes de que pudiera pensar más, sus labios encontraron los míos en un beso suave, lleno de promesas y esperanzas. No era un beso apresurado, era uno cargado de sentimientos que aún estábamos aprendiendo a entender.
—Esto es solo el comienzo, ¿verdad? —dije en un susurro, separándome un momento de él.
—Sí. Solo el comienzo.
Nos quedamos allí, abrazados, disfrutando de la tranquilidad que habíamos encontrado en medio de tanto caos. Sabíamos que el camino por delante sería complicado, pero también sabíamos que teníamos algo valioso: la voluntad de hacerlo funcionar. Lo que venía, no lo sabíamos. Pero, por primera vez, ambos estábamos listos para enfrentarlo juntos.