Entre Dos Mundos

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Desperté esa mañana con la mente hecha un nudo

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Desperté esa mañana con la mente hecha un nudo. No había dormido nada después de lo que pasó con Sara. Su mirada, esa mezcla de decepción y enojo, seguía clavada en mi cabeza. La había cagado feo, y lo peor era que no podía culparla. Por más que intentara justificarlo, el hecho de que Natalia seguía en mi vida me hacía ver como un hipócrita.

Eran las siete de la mañana, y mi teléfono no dejaba de vibrar. No tenía ánimos de ver quién era, pero sabía que no podía ignorarlo para siempre. Cuando lo agarré, vi un mensaje de Natalia.

"Tenemos que hablar. Te veo en la noche en mi apartamento."

Suspiré y dejé el celular a un lado. Natalia también merecía saber la verdad. Habíamos estado juntos por tanto tiempo que, en cierto modo, ambos nos habíamos acostumbrado a la relación por inercia. Ya no era lo mismo que antes, pero nunca nos habíamos dado el valor de enfrentarlo. Ahora, después de conocer a Sara, me di cuenta de que no podía seguir arrastrando esa mentira.

La tarde fue larga, llena de entrenamientos, reuniones, y la misma rutina de siempre en el club. Pero mi mente no estaba allí. Cada vez que fallaba un pase o me quedaba mirando al vacío, James o Lucho me llamaban la atención.

—Mano, ¿qué te pasa? —me preguntó James en una de las pausas.

—Nada, parce, todo bien —mentí, dándole una palmada en la espalda antes de regresar al campo.

Pero no estaba bien. Para cuando el entrenamiento terminó, sabía que la noche sería un caos. Primero tendría que enfrentarme a Natalia y luego pensar en qué hacer con Sara. Era un desastre que yo mismo había creado, y ahora tenía que encontrar la manera de solucionarlo.

Llegué al apartamento de Natalia unas horas más tarde. Cuando abrió la puerta, me di cuenta de que ya sabía que algo no andaba bien. No era la misma chica sonriente de antes. Había distancia, incomodidad en el aire. Nos sentamos en el sofá, y no tardó mucho en soltar la pregunta.

—¿Qué está pasando entre nosotros, Richard? —su voz era firme, pero había una fragilidad en ella que nunca había notado antes.

Me pasé la mano por el cabello, intentando buscar las palabras correctas, pero al final decidí ir al grano.

—Natalia, lo nuestro... ya no está funcionando. Hace tiempo que las cosas están mal, pero ninguno de los dos ha querido admitirlo.

—¿Eso es todo? —me interrumpió, sus ojos clavados en los míos. Parecía estar preparándose para lo peor—. ¿O hay alguien más?

Sentí un nudo en el estómago. Sabía que tenía que ser honesto, pero decirle que había alguien más sería como clavarle un puñal. Aun así, no podía mentirle.

—Sí, hay alguien más —dije al final, bajando la mirada.

El silencio que siguió fue insoportable. Podía sentir cómo su mundo se derrumbaba a mi alrededor. Natalia siempre había sido fuerte, decidida, pero en ese momento vi una parte de ella que nunca había mostrado: vulnerabilidad.

—¿Quién es? —su voz tembló.

Me quedé callado por un segundo. Decirle el nombre de Sara solo haría todo peor, pero sabía que se lo debía.

—Se llama Sara. Nos conocimos hace poco, y... no sé cómo explicarlo, pero las cosas con ella son diferentes. No quiero seguir engañándote ni a ti ni a ella.

Natalia se levantó del sofá de golpe, dándome la espalda mientras caminaba hacia la ventana. Se quedó mirando hacia afuera, en silencio. Yo me quedé allí, sin saber qué más decir. Después de un rato, habló.

—¿Y qué vas a hacer ahora? —preguntó, aún sin mirarme.

Sabía que lo más justo era terminar de una vez por todas. No solo por Sara, sino por nosotros dos. No tenía sentido alargar algo que estaba roto.

—Voy a dejarte, Natalia —dije, sintiendo cómo cada palabra pesaba más que la anterior—. No puedo seguir así, ni es justo para ti.

Finalmente, se dio la vuelta, y por primera vez en mucho tiempo, la vi llorar. Pero no me gritó, no me lanzó nada, ni me reprochó. Solo asintió, como si ya hubiera sabido desde hace tiempo que este momento llegaría.

—Está bien, Richard. Te deseo lo mejor... aunque me duela —su voz era baja, quebrada, pero llena de dignidad.

Quise abrazarla, decirle que lo sentía, pero sabía que sería peor. Nos quedamos mirándonos por unos segundos antes de que yo saliera del apartamento, sintiendo que había dejado atrás una parte importante de mi vida. Pero sabía que no había vuelta atrás.

Cuando llegué a mi casa, todo estaba en silencio, excepto por el constante eco de mis propios pensamientos. Estaba agotado, pero sabía que la batalla más difícil aún estaba por venir: Sara. La había lastimado, y ahora me tocaba hacer lo posible por ganarme su perdón, si es que eso aún era posible.

Saqué mi celular y miré la última conversación con ella. No podía llamarla aún, pero le envié un mensaje.

"Sara, lo hablé con Natalia. Las cosas entre nosotros terminaron. Solo quiero que sepas que me importas de verdad. Perdóname por haberte ocultado todo esto. Me encantaría hablar cuando estés lista."

Le di "enviar" y dejé el celular en la mesa. Ahora solo me quedaba esperar, con la esperanza de que no fuera demasiado tarde.

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