Capítulo 40

158 12 1
                                    

Desperté en la cama de Apolo, y lo primero que sentí fue un calor abrasador recorriendo mi cuerpo. Mi piel parecía arder desde dentro, como si una llama oculta estuviera consumiéndome. La necesidad por su toque era tan intensa que me costaba respirar. Cada célula de mi cuerpo clamaba por él. Me retorcí entre las sábanas, sintiendo cómo mis flujos íntimos humedecían mis muslos. El deseo, que ya había sido casi insoportable la noche anterior, ahora se había multiplicado de manera abrumadora. No podía pensar en otra cosa.

—Apolo... —murmuré, desesperada, estirando la mano hacia su lado de la cama, pero mi voz era débil, rota por la urgencia que me

Apolo, aún profundamente dormido, se movió ligeramente, y con su brazo pesado me abrazó por la cintura, atrayéndome hacia él.

—Ya, ya, ¿estás despierta tan pronto? —dijo en tono juguetón, mientras se estiraba, pensando que bromeaba—. ¿Tan pronto y ya me necesitas?

No era una broma. Era una súplica. El deseo se intensificaba con cada segundo que pasaba, como si mi cuerpo estuviera al borde de explotar. Sin poder contenerme, me arrastré sobre él, mis manos temblorosas buscando su piel, desesperadas por sentirlo. Mis labios encontraron los suyos en un beso hambriento, mordiendo con urgencia, sin control alguno.

—Necesito que me toques... ahora —le rogué, mis palabras cargadas de deseo, casi una orden que ni yo misma podía controlar.

Apolo, sin embargo, aún no comprende la gravedad de la situación. Me apartó con delicadeza, con una sonrisa en los labios mientras me acariciaba el cabello.

—Agatha, calma... —dijo suavemente, apartando mi cabello de mi rostro. Su toque, aunque cariñoso, no hizo más que avivar el fuego en mi interior. Intenté aferrarme a él nuevamente, pero él retrocedió un poco, riéndose entre dientes—. No puedo seguir el ritmo —bromeó, pero algo en su mirada comenzó a cambiar al ver la intensidad en mis ojos. Ya no era juego.

—¡Por favor! —grité, lanzándome sobre él con fuerza, incapaz de controlar el deseo que recorría cada parte de mí como una corriente eléctrica. Era una necesidad primitiva, algo que superaba mi razón. —Te necesito, Apolo... te necesito dentro de mí.

Mis palabras eran una súplica desesperada, un grito desgarrador de urgencia. Mi cuerpo temblaba sin control, la respiración acelerada, cada músculo tenso, como si estuviera a punto de romperme. No había nada más en mi mente, salvo la necesidad de estar con él, de fundirme con él. Todo lo demás había desaparecido, y solo quedaba ese deseo insaciable que me quemaba desde dentro.

Sin pensarlo, comencé a mover mi cuerpo desnudo por encima del muslo de Apolo, ganando el placer que necesitaba conseguir, pero se desvanecía rápidamente. Refregaba todo mi cuerpo para tener el placer que necesitaba.

Apolo se levantó bruscamente de la cama, ahora con una mirada de alarma en su rostro.

—¿Qué  está pasando? —murmuró, apartándose de mí mientras me observaba con preocupación. Sus ojos se entrecerraron, y por primera vez, su rostro reflejaba verdadera inquietud.

Intenté alcanzarlo nuevamente, pero mis piernas temblaban tanto que casi caí al suelo. Mi cuerpo no era mío. No podía controlarlo, y lo único que deseaba era su contacto, su calor, algo que calmara la tormenta desatada dentro de mí. La humedad entre mis piernas ya no era algo que pudiera ocultarse; Estaba completamente empapada, cada paso se volvía más insoportable. Mis flujos colgaban de mí, evidentes en cada movimiento.

—¡Ágata! Esto no es normal —dijo Apolo, retrocediendo un poco más, tratando de sostenerme sin ceder al impulso que también parecía afectarlo—. Esto no es solo deseo. Algo está mal —añadió, mirando a su alrededor, claramente buscando una solución, una explicación.

Con manos temblorosas, se vistió rápidamente, sin apartar la vista de mí. Fue en ese momento cuando la puerta se abrió de golpe, y Kalum entró en la habitación con una expresión de curiosidad que pronto se transformó en confusión y preocupación al ver el caos en el que estábamos envueltos.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Kalum, mirando el estado de la habitación, y luego centrándose en mí. Su mirada se endureció al notar la expresión desesperada en mi rostro, y la evidente humedad que manchaba mi piel y las sábanas.

—Necesito tu ayuda —dijo Apolo con tono serio, más urgente que nunca. —No sé qué está pasando con Agatha. Algo está mal, muy mal.

Kalum se acercó lentamente, observándome con detenimiento. Pude ver cómo su rostro se tensaba al darse cuenta de la gravedad de la situación. Yo jadeaba, incapaz de controlar mi respiración, mi cuerpo en un estado de excitación constante. Cada fibra de mí exigía ser satisfecha.

—Esto no es normal —dijo Kalum, confirmando lo que Apolo temía—. Tenemos que llevarla al sanador, y hacerlo ya.

Entre los dos, me levantaron, aunque yo seguía intentando pegarme a Apolo, como si mi vida dependiera de ello. Cada roce de su piel contra la mía era una agonía deliciosa, pero insuficiente. Era como si cada centímetro de mí estuviera hambriento de él, y cada segundo que pasaba sin su toque era una tortura. No podía detenerme.

El camino hasta la casa del sanador fue una tortura interminable. Cada paso aumentaba la desesperación dentro de mí. Mi cuerpo palpitaba de deseo, mi piel era demasiado sensible, y el aire mismo parecía arder al contacto con mi piel. Las piernas apenas me sostenían, pero el instinto me impulsaba hacia Apolo una y otra vez.

Finalmente, cuando llegamos, el sanador, un hombre anciano, nos recibió con una mirada de sorpresa al ver mi estado.

–¿Qué ha sucedido aquí? —preguntó, pero la urgencia en los ojos de Apolo y Kalum le indicó que no había tiempo para explicaciones detalladas.

—No podemos detener el frenesí de asociación en el que está —explicó Apolo, su voz tensa, sin poder ocultar la preocupación—. Necesita ayuda, y rápido.

 Avanzando hacia mí mientras me examinaba con sus ojos agudos, llevando a cabo un diagnóstico rápido. Me miró de arriba abajo, y sin dudarlo, me llevó hacia una gran incubadora de cristal que solía utilizar para curar enfermedades raras entre los Wrellyn.

—Esto debería calmarla —dijo mientras activaba la incubadora y un gas ligero llenaba el aire a mi alrededor. Sentí cómo mis músculos se relajaban momentáneamente, pero el calor y la necesidad dentro de mí no disminuían.

—¡No! ¡No funciona! —grité desesperada, golpeando el cristal con mis manos—. ¡Apolo! ¡Por favor! —mi voz se quebraba, y las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas. Era una agonía insoportable.

Apolo me observaba desde el otro lado del cristal, su rostro tenso, pero incapaz de hacer algo. Lo necesitaba, y estar separado de él era como una tortura física. Mis ojos suplicaban, pero él no sabía cómo ayudarme.

Los ojos del doctor se oscurecieron cuando se dio cuenta de que el tratamiento no estaba funcionando.

—Esto es inusual —dijo el sanador, frotándose la barbilla mientras me observaba—. Nunca había visto algo así —admitió, su voz baja, cargada de incertidumbre—. No es solo deseo. Algo la está afectando profundamente. La Floralis Sulfacum no debería causar esto.

—Entonces, ¿qué es? —preguntó Apolo, su voz cargada de frustración. Nunca antes lo había visto tan tenso, tan fuera de control. 

—Debemos considerar que quizás haya algo más en juego —continuó el doctor, su voz tranquila, aunque cargada de preocupación—. Podría haber una reacción extraña en su cuerpo, algo que no conocemos. No podemos estar seguros, pero claramente, el gas no está ayudando.

Mi cuerpo seguía ardiendo, el deseo crecía, la desesperación aumentaba, y no había respuestas. Cada segundo era una eternidad, y la necesidad de Apolo me consumía. Si no lo tenía pronto, temía perderme por completo en esta locura de deseo.

Apolo ArsenDonde viven las historias. Descúbrelo ahora