OMINOUS

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I

La noche sonaba silenciosa y vacía, como si la vida con sus ruidos cotidianos estuviese sucediendo en algún sitio muy lejano. Allá lejos, las casas con sus luces encendidas, las tiendas repletas de personas comprando los regalos de navidad, los amigos cenando juntos en algún restaurante, las calles repletas de luces de hadas y Santas Clauses en cada esquina tomándose fotografías con los niños que se forman.

Aquí, todo aquello parecía demasiado lejano, ambiguo y amorfo en modos antinaturales. Daba la impresión de que allá y acá no eran el mismo sitio... Una pequeña clínica se había derrumbado desde sus cimientos cuarenta y dos segundos atrás, y nadie de los alrededores parecía haberlo notado; allá la alegre algarabía decembrina, aquí, la quietud y el silencio.

"Dios obra de maneras misteriosas", fue todo cuanto pensó Paul al detenerse a los pies de los escombros.

Debajo de los escombros tenía que haber un par de docenas de muertos y un par de decenas de gente que agonizaba esperando inútilmente a que alguien se diera cuenta de lo que había ocurrido y llamara al 911.

Eso no sucedería pronto, suspiró casi trágicamente Rovia, sus ojos demasiado azules otearon los escombros de una enorme clínica de más de diez pisos convertida en nada, polvo y tierra congelada que empeoraría en menos de una hora cuando comenzara a caer una lluvia de aguanieve, regalo de los de arriba, supuso; eran pasados por poco de la medianoche; el frío intenso calaba hasta los huesos y humedecía y endurecía las ropas si se quedaba demasiado tiempo afuera. Jesús llevaba la cazadora puesta, bufanda y guantes y pantalones de fondo de lana y botas de combate, todo en un perfecto azul despejado, pulcro.

Su vista recorrió los escombros y las lejanías de las calles vecinas, luego, naturalmente elevó la vista a la cima de la montaña del derrumbe y casi sonrió al descubrir la oscura silueta en cuclillas que allá estaba, desenterrando algo con sus propias manos.

El pelinegro, todo vestido de negro, como si viniera del entierro de una leyenda del rock, con una frondosa bufanda oscura como única señal de que era invierno, una gabardina de fondo de lana y unas botas pesadas.

Desde abajo, el castaño miró a Dixon mover los escombros como si no pesaran nada y como si su barniz negro no fuera a maltratarse rascando entre la tierra, y poniéndose en cuclillas hasta casi pegarse al suelo, pareció sacar algo de entre los escombros con vago cuidado que escondió rápidamente entre sus ropas, luego simplemente se dio la vuelta y comenzó abajar enterrando los pies entre la grava, asentando su caminata y pasando a un costado de Jesús sin voltearlo a mirar...

El rastreador simplemente siguió sus pasos, su andar ligero como si caminase de puntillas por un mundo que pesa demasiado para él. El contraste perfecto contra las pesadas pisadas de Dixon al andar.

—¿Qué haces? —lo cuestionó, ameno.

—Camino.

Paul sonrió a la respuesta brusca.

—Hay órdenes de arriba.

—También las hay de abajo; ¿me importa?

Rovia se detuvo en seco, súbitamente sorprendido.

Daryl era un cazador y uno de los mejores, los «jefes» lo tenían en muy buena estima porque siempre hacía lo que se le decía en tiempo y forma. Incluso Paul con sus propios superiores tenía más fama de mala conducta que Dixon en su mundo, incluso si Jesús era de los mejores rastreadores y exploradores, nadie diría que su conducta era prístina y a menudo cumplía lo que debía lo más pronto para luego irse a hacer lo que le diera la gana hasta que lo volvieran a llamar... Daryl, siempre pragmático, hacía sus cacerías lo más rápido y lo mejor, y luego simplemente volvía a su cubil de donde no saldría hasta la siguiente misión.

JESURYLDonde viven las historias. Descúbrelo ahora