FRAMBOISE (3)

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[7] —Y ahí está Merle, con la polla de fuera y orinando en la laguna —contó el moreno mientras comía las papas fritas—, la tonta barca balanceándose como si quisiera derribarnos y él carcajeándose hasta que saltó ese pescado y lo mordió en la polla.

—Por supuesto que sí —se rio Paul a carcajadas.

—Debió habérsela arrancado, pero no, el estúpido Merle se sacudía intentando quitarse al pez y yo aferrándome a la barca.

—¿Cuántos años tenías? —El Black Mountain no estaba ni lleno ni vacío, tenía las luces mortecinas y el par de enormes televisiones transmitía una especie de noticiero especializado en noticias bizarras y de temática sobrenatural, así es como había comenzado la charla sobre "el chupacabras".

—Yo no llegaba a los quince, así que él estaría cerca de los veinticinco. —Aunque parecía un recuerdo lejano y poco agradable, Jesús notó la tibieza en su mirada, hasta ahora, por lo que había comprendido de la charla, el profesor Dixon venía de un extracto muy humilde, precario, de un pueblo de redneckers en alguna parte del este de Georgia.

—Yo tendría dos años por esos días —pensó en voz alta—, todavía no me daba cuenta de que era huérfano—, Daryl le regaló una mirada profunda, interesada—, hasta los cinco me di cuenta de que no tenía padres y un año después me enteraría que mi madre me abandonó en el hospital apenas nacer. —Lo había entregado al sistema.

Aquella noche Daryl se parecía muy poco al profesor que daba las clases. Usaba una camisa blanca a la que le había arrancado las mangas, un pantalón vaquero que se ajustaba a sus formas junto con un cinturón que gritaba sureño.

—El Sistema a menudo es mejor que algunas familias —dijo Daryl.

—Sí, supongo —convino.

—¿Fue bueno el sistema contigo?

Paul asintió.

—Pudo ser peor.

—Hay historias siniestras de chicos del sistema, me alegra que no seas una de ellas—, a Paul lo que le alegraba era que los Rovia lo hubieran adoptado, de lo contrario no estaría allí aquella noche.

Desde allí la charla había sido realmente amena.

Ni siquiera podía decirse que se estaban conociendo: el pelinegro habló de su amor por las motocicletas, de sus días como cazador en los bosques de Georgia porque de lo contrario no habría comida a la mesa, de un vecino suyo que era indio cherokee y de cómo entró a clases de karate obligado por la policía para no meterlo a un reformatorio infantil y cómo el karate lo ayudó a sacar todo el enojo que había acumulado en su corta vida.

Por su parte, Paul habló de sus días en el orfanato, cuando niño, de cuando fue adoptado por los Rovia y el cambio diametral de vida que tuvo, de sus intentos por volverse vegetariano y de pequeñas cosas por el estilo... Lo mejor, en todo caso, fue la atención que Daryl le prestaba. Nunca nadie lo había escuchado con tanto interés y calma, como si contara cosas realmente interesantes, y no sólo interesantes, importantes. Es un adulto, comprendió Jesús. Además, era maestro, tendría que estar acostumbrado a escuchar a sus alumnos y prestarles atención en lo que le decían.

Pero él no estaba aquí como uno de sus alumnos, ¿cierto? No lo invitó a cenar para hablar del colegio ni descargar sus penas, ni siquiera le interesaba subir sus calificaciones en una materia que, en realidad, llevaba buenas calificaciones. Con todo, tampoco se sentía muy seguro de por qué lo invitó a cenar, ¿es que pretendía conseguir algo más?

Ni siquiera Chaddler se había atrevido a tanto.

El moreno dio un trago a su cerveza fría y Paul miró sus aros de cebolla.

JESURYLDonde viven las historias. Descúbrelo ahora