Capítulo 49

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"Duda que sean fuego las estrellas, duda que el sol se mueva, duda que la verdad sea mentira, pero no dudes jamás de que te amo"

― William Shakespeare, Hamlet.


POV Armando

Entro a mi oficina en aparente tranquilidad, pero apenas cierro la puerta que conecta con sala de juntas camino como un loco, de un lado a otro cual tigre enjaulado, ansioso de atacar, desesperado por proteger lo suyo y marcar su territorio.

De marcarla a ella como mi territorio.

Para que nunca más ninguno de estos imbéciles vuelva a pensar siquiera en acercarse a Beatriz.

Resoplo pasándome la mano por la cara, agitado y enojado.

Si. Tan enojado que todavía no sé cómo pude controlarme y no partirle la cara a ese imbécil.

-Tranquila mi amor, que Saams no se volverá a aparecer por estos lados porque no vamos a comprarle ni un maldito botón más -gruño para mí mismo mirando la puerta por la que acabé de entrar.

Llego hasta el archivador donde está guardado el licor, donde hace ya días quedó escondida la última botella de whisky que tengo entre mis cosas, esa que no me bebí antes de salir a dañarle la cita con el francés.

Abro el cajón y la veo, sigue intacta. A su lado un par de vasos de vidrio, perfectos para el trabajo.

Suspiro de nuevo mientras me llega como una tromba el recuerdo de una promesa que más que a ella, me hice a mí mismo.

-No señor! -me ordeno tajante a mí mismo -no vas a dañar este momento, todo lo que has ganado, por volver con eso, cumple tu palabra Armando, endereza tu vida.

Cierro de un solo golpe el desdichado cajón del archivador.

Quizás puedo luego regalársela a Freddy, porque si de mi depende, no voy a volver a necesitarla.

Suspiro profundo.

-Lo mejor es regalarla, así es -susurro para mí mismo asintiendo con la cabeza -acá no tiene cabida ya.

Doy un par de vueltas más alrededor del escritorio y cuando me siento un poco más calmado, busco los documentos para la reunión, esos que ya tenía listos.

Porque mi Betty merece a su lado a un hombre que de verdad pueda seguirle el paso, necesita quien le ayude a sacar adelante a Ecomoda y no que le traiga más problemas por andar metido en pelas, o por terminar como un borracho inútil.

Cierro los ojos y respiro profundo. Una, dos y tres veces.

Abro la carpeta y tomando un lapicero empiezo a girarlo entre mis dedos con ansiedad.

Ahora sé que Beatriz como siempre, tiene razón.

Si necesitamos alguien neutral que pueda ayudarnos a desentramar lo que nos pasa a cada uno, lo que entorpece esta relación que tenemos.

Porque yo ahora que la tengo no pienso perderla por nada del mundo y menos por mis propias acciones, no podría perdonarme si yo mismo terminara siendo como siempre, mi peor enemigo.

Yo necesito ser ese hombre que ella cree que soy, ese por el que le brillan los ojitos y que con sus tonterías le saca una sonrisa. Jamás quiero volver a ser el responsable de su tristeza y su dolor.

Enfoco mi mirada en las hojas, sus números y palabras positivos para la empresa, perfectos para solucionar cuanto antes varios de nuestros problemas, esenciales para continuar con todo el negocio de las franquicias y poner a Ecomoda en la industria de la moda global.

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