Capítulo 19

414 37 2
                                        


Emily

Dos meses después de su ruptura, veo cómo Ada se atraganta con una salchipapa durante el almuerzo, como si llevara días sin comer. Su voracidad me deja en shock, pero más aún la imagen que tengo frente a mí.

¿Cómo es posible que alguien coma así y, al mismo tiempo, parezca un... cadáver? Esa palabra me da escalofríos, pero no puedo evitarla. Ada está reducida a la sombra de quien era. Su piel, que antes era tersa y luminosa, ahora es casi translúcida, con tonos grises que resaltan las venas en sus brazos y cuello. Sus pómulos sobresalen de su rostro como si estuvieran esculpidos, y sus ojos, hundidos en unas cavidades profundas, parecen dos llamas que se resisten a apagarse.

Sus manos temblorosas sujetan la comida con una fuerza desesperada, y noto cómo sus dedos largos y delgados parecen frágiles, como ramas secas a punto de quebrarse. Cada vez que mueve la mandíbula para masticar, las líneas de su cuello se tensan de una manera inquietante, dejando al descubierto tendones y huesos que parecen demasiado prominentes.

Lleva una camiseta que cuelga de sus hombros como si fuera varias tallas más grande, pero sé que no lo es. Simplemente, Ada ha desaparecido dentro de su propia ropa. Sus clavículas son tan marcadas que podrían sostener gotas de agua, y su vientre, aunque oculto tras la tela, es casi plano, demasiado plano, con una curvatura antinatural que revela la ausencia de cualquier grasa o músculo.

Intento apartar la mirada, pero no puedo. Estoy atrapada entre la preocupación y el horror. Su cabello, antes grueso y lleno de vida, ahora se ve opaco, quebradizo, como si compartiera la fragilidad de su cuerpo. Cada mechón parece estar ahí por milagro.

—Ada... —empiezo a decir, pero las palabras se me atoran en la garganta. ¿Qué podría decirle que no suene como un juicio o un sermón?

Ella levanta la mirada hacia mí, con los labios aún llenos de comida, y sonríe como si nada estuviera mal. Esa sonrisa duele más que cualquier otra cosa. Es como un espejo roto que intenta reflejar felicidad, pero no puede ocultar las grietas.

—Voy al baño —dice Ada, aún masticando su último bocado con prisa, como si alguien fuera a arrebatárselo.

—Te acompaño —respondo de inmediato, mi tono más alerta de lo que pretendía.

Ella levanta una ceja, dejando el tenedor a un lado.

—Solo voy al baño, Em, no a Narnia —replica con una sonrisa forzada que no alcanza sus ojos.

La observo mientras se levanta, notando cómo el vaivén de su cuerpo parece inestable, como si estuviera caminando sobre hielo delgado. La camiseta sigue colgando de sus hombros como una sábana suelta, y sus piernas, que antes eran fuertes y firmes, ahora parecen dos palillos a punto de partirse con el más mínimo movimiento.

Me quedo en mi asiento, inquieta. Su tono fue casual, pero el contexto no lo es. Ada no va al baño para hacer algo tan simple como lo que insinúa. Sé lo que sucede cuando cruza esa puerta: el sonido del agua del grifo corriendo para enmascarar el eco de su cuerpo rechazando todo lo que acaba de ingerir.

Quiero detenerla, pero no sé cómo. No quiero que piense que la estoy atacando, pero tampoco puedo ignorar lo que está pasando. Mis manos se cierran en puños sobre la mesa mientras lucho contra el impulso de seguirla.

—Ada... —susurro, aunque ya no está lo suficientemente cerca para escucharme.

Intento terminar mi licuado, aunque cada sorbo me sabe amargo con los pensamientos que me invaden. Esto no puede seguir así. Cada día la veo apagarse un poco más, consumida por algo que ni siquiera puedo comprender del todo, y me destroza.

InevitableDonde viven las historias. Descúbrelo ahora