April
El día después del entierro fue un abismo. La casa estaba en completo silencio, un vacío ensordecedor que me envolvía por completo. Cada rincón me recordaba a Emily: su risa llena de vida que llenaba la sala, su aroma impregnado en mi ropa, y las palabras dulces que ahora parecían tan lejanas. Pero en ese momento, no podía sentir más que un vacío y una rabia incontrolable.
La negación era mi compañera constante, susurrándome al oído que todo esto era un mal sueño. Esto no es real, me repetía una y otra vez. Emily no podía estar muerta. Ella no podía dejarme así, no después de todo lo que habíamos prometido, de todo lo que habíamos planeado juntas.
Intenté distraerme. Limpié la cocina de manera compulsiva, arreglé las cosas de los mellizos e incluso traté de leer un libro. Pero no funcionaba. Cada movimiento me hacía regresar a ella.
Finalmente, me encontré de nuevo frente a la cama. Mi madre insistió en que intentara descansar, pero el simple hecho de ver el espacio vacío a mi lado me hacía sentir como si el aire se me escapara. ¿Cómo voy a dormir sabiendo que nunca volveré a abrazarla?
Esa noche no hubo consuelo. Me quedé sentada en el suelo, abrazando una de sus sudaderas que olvido aquí y que aún conservaba su aroma.
—Esto no puede estar pasando... —susurré entre sollozos, aunque nadie estaba ahí para escucharme.
El reloj avanzaba lento, como burlándose de mí. Cada segundo era un recordatorio de que el tiempo seguía adelante, implacable, mientras yo me quedaba atrapada en el mismo punto.
La única certeza que tenía era que el dolor estaba apenas comenzando.
Pasaron los días, y el mundo exterior se convirtió en un ruido blanco que no lograba penetrar el muro de mi apatía. Me hundí en una depresión tan densa que el simple acto de respirar se sentía como cargar piedras en los pulmones. Dejé de ducharme porque el agua golpeando mi piel me recordaba demasiado a la vitalidad que ella ya no tenía; me quedaba días enteros con la misma ropa, rodeada de platos con comida podrida que ni siquiera probaba.
El sueño era mi único refugio, pero incluso allí, Emily se desvanecía entre mis dedos, obligándome a despertar en una habitación que olía a encierro y a una ausencia que gritaba su nombre en cada rincón. Me pasaba horas mirando las películas de Marvel en silencio, con la pantalla iluminando mi rostro inexpresivo, esperando que ella apareciera para explicarme el final de la fase cuatro, pero solo encontraba créditos rodando sobre mis ojos secos. Mi teléfono estaba lleno de mensajes sin leer de Peter y llamadas perdidas de los padres de los mellizos, pero el peso de tener que articular una palabra era superior a mis fuerzas. Me volví un fantasma en mi propia casa, una cáscara vacía que solo se sentía viva cuando el dolor físico superaba al emocional.
La mañana siguiente no trajo consuelo, solo una luz grisácea que se filtraba por las cortinas cerradas, revelando el caos de mi habitación. Mi madre había pasado la noche en el sillón de la esquina, vigilándome como si fuera a deshacerme si parpadeaba. Escuché el sonido suave de una bolsa de basura abrirse; ella había comenzado a recoger los restos de mi naufragio personal.
Me quedé inmóvil, observándola tirar los recipientes de comida vacíos con una mezcla de lástima y horror. Cada objeto que ella movía levantaba una polvareda de recuerdos que yo intentaba mantener enterrados. Cuando se acercó a la cama para cambiar las sábanas que olían a mi propio abandono, me senté de golpe, sintiendo un vértigo que me hizo cerrar los ojos con fuerza.
—April, necesito que me ayudes un poco —dijo ella con voz suave, tratando de no quebrarse—. Vamos a limpiar este lugar, vamos a dejar que entre un poco de aire.
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Inevitable
ChickLitEn este especial de ¿Quién enamora primero?, Emily Masón empieza a trabajar como niñera de los mellizos Carter y no solo aprenderá a como cuidarlos sino a como lidiar con la repentina atracción que siente hacia April, la hermana mayor de ellos. Jun...
