Capítulo 30

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April

El día después del entierro fue un abismo. La casa estaba en completo silencio, un vacío ensordecedor que me envolvía por completo. Cada rincón me recordaba a Emily: su risa llena de vida que llenaba la sala, su aroma impregnado en mi ropa, y las palabras dulces que ahora parecían tan lejanas. Pero en ese momento, no podía sentir más que un vacío y una rabia incontrolable.

La negación era mi compañera constante, susurrándome al oído que todo esto era un mal sueño. Esto no es real, me repetía una y otra vez. Emily no podía estar muerta. Ella no podía dejarme así, no después de todo lo que habíamos prometido, de todo lo que habíamos planeado juntas.

Intenté distraerme. Limpié la cocina de manera compulsiva, arreglé las cosas de los mellizos e incluso traté de leer un libro. Pero no funcionaba. Cada movimiento me hacía regresar a ella.

Finalmente, me encontré de nuevo frente a la cama. Mi madre insistió en que intentara descansar, pero el simple hecho de ver el espacio vacío a mi lado me hacía sentir como si el aire se me escapara. ¿Cómo voy a dormir sabiendo que nunca volveré a abrazarla?

Esa noche no hubo consuelo. Me quedé sentada en el suelo, abrazando una de sus sudaderas que olvido aquí y que aún conservaba su aroma.

—Esto no puede estar pasando... —susurré entre sollozos, aunque nadie estaba ahí para escucharme.

El reloj avanzaba lento, como burlándose de mí. Cada segundo era un recordatorio de que el tiempo seguía adelante, implacable, mientras yo me quedaba atrapada en el mismo punto.

La única certeza que tenía era que el dolor estaba apenas comenzando.

*****

El dolor seguía latente, pero ahora algo más crecía en mi interior, ardiendo como una llama descontrolada. Era rabia, pura y feroz, que se alojaba en cada rincón de mi ser.

La negación había cedido paso a la ira. No era justo. Nada de esto lo era. Emily no merecía ese final, ni yo merecía vivir sin ella. Y cuanto más lo pensaba, más intensa era la furia.

Golpeé la mesa de la cocina, haciendo temblar los platos cuando me dispuse a probar un bocado.

—¡¿Por qué?! —grité al aire, sabiendo que no habría respuesta.

Las paredes parecían cerrarse sobre mí, cada objeto en la casa era un testigo silencioso de mi descontrol. Me dolía la cabeza de tanto llorar, pero ahora las lágrimas no caían por tristeza, sino por la impotencia de no poder hacer nada.

Caminé de un lado a otro, incapaz de quedarme quieta. Todo me irritaba: el zumbido del reloj, el murmullo de la televisión en la sala, incluso la luz del sol entrando por las ventanas. ¿Cómo podía el mundo seguir adelante mientras el mío se había destruido por completo?

Mi madre trató de acercarse, pero la aparté.

—¡No me digas que todo va a estar bien porque no lo estará! —le grité con un tono que nunca antes había usado con ella.

—April... —susurró con ojos llenos de preocupación, pero yo no quería escucharla.

Subí las escaleras y me encerré en mi habitación. Golpeé la pared con tanta fuerza que mis nudillos comenzaron a sangrar. Me desplomé en el suelo, respirando con dificultad, mientras la rabia seguía ardiendo.

La imagen de Michael me invadió. Su rostro frío mientras era esposado. Sus murmullos incoherentes mientras Emily se desvanecía entre sus manos. ¿Cómo había sido capaz de hacerle algo así?

InevitableDonde viven las historias. Descúbrelo ahora