Emily
Sin Ada en casa ni en la escuela, he intentado distraerme de todas las formas posibles, pero es como si su ausencia llenara cada rincón. Las clases parecen interminables, y cada vez que alguien menciona su nombre, siento un nudo en el pecho.
Paso más tiempo en la biblioteca, buscando cualquier excusa para no volver a casa temprano. En el fondo, sé que evitar los espacios que compartíamos no hará que duela menos, pero no puedo soportar el vacío.
Pero si yo estaba devastada, no quería ni imaginar lo que pasaba por la cabeza de Milo. Había sido su novia, y aunque nunca me lo decía directamente, sus ojos hablaban por él. Desde que internaron a Ada, algo en él cambió.
El chico que antes coqueteaba con todas las chicas de la preparatoria, que siempre estaba rodeado de risas y bromas en los pasillos, parecía haberse desvanecido. Ahora, Milo se había volcado por completo en sus entrenamientos de rugby, como si golpear y correr fuera la única forma de silenciar sus pensamientos. Ya no lo veía en las fiestas ni con su habitual grupo de amigos.
Y aun así, no pasaba un solo día sin que me preguntara por ella.
—¿Hay alguna novedad? —me decía al cruzarnos en la entrada o salida de clases. Su voz, aunque firme, siempre tenía un deje de esperanza.
Yo intentaba darle algo, cualquier cosa que le devolviera un poco de paz.
—Peter dice que está mejorando, aunque los doctores dicen que el camino será largo.
Él asentía, sin añadir nada más, y volvía a desaparecer en el campo de rugby. Pero no hacía falta que lo dijera; se notaba en su rostro que estaba tan roto como yo. Quizá más.
Los días pasaban y, aunque trataba de concentrarme en mis cosas, el vacío que Ada había dejado era imposible de ignorar. Pero si su ausencia dolía, lo que me enfurecía eran los rumores.
Al principio eran susurros, apenas audibles en los pasillos. Pero luego, como suele pasar, las palabras se convirtieron en cuchillos afilados.
—Dicen que Ada se estaba drogando —escuché a una chica murmurar en el baño, creyendo que nadie más estaba allí.
Otra se rió, como si fuera un chiste. —Pues tiene sentido, ¿no? Está tan delgada que parece que la hubieran sacado de un cartel de advertencia. Seguro la internaron porque no lo pudieron ocultar más.
Salí del cubículo sin pensarlo dos veces, enfrentándolas con una furia que ni siquiera sabía que tenía.
—¡Retiren lo que acaban de decir! —Mi voz retumbó en el baño, haciendo que ambas se giraran con el rostro pálido.
—Nosotras... no quisimos decir... —balbuceó una de ellas, pero no le di oportunidad de seguir.
—Ada no está en esa clínica porque se droga. Está ahí porque está enferma, porque sufre algo que ninguna de ustedes podría entender —mi voz temblaba, pero no por miedo, sino por rabia—. Y si vuelvo a escucharlas decir una palabra más, se van a arrepentir.
Salieron corriendo, y me quedé allí, respirando con dificultad. No sabía si lo que había hecho serviría de algo, pero al menos había dejado claro que no iba a permitir que mancillaran el nombre de Ada.
Ese no fue el único incidente. Los rumores se extendieron, y no faltaron los comentarios malintencionados durante las clases o en los grupos de WhatsApp. Sin embargo, cada vez que alguien abría la boca para insinuar algo sobre Ada, yo estaba ahí para cerrársela.
Estos últimos meses, mi padre parecía haberse sumido aún más en su nostalgia por la mujer que me dio la vida. Cada vez era más frecuente encontrarlo por las mañanas dormido en el sofá, con una botella vacía de alcohol y la vieja fotografía de mi madre entre las manos. Y aunque intentaba recomponerse para ir a trabajar, su furia parecía aumentar con cada amanecer.
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Inevitable
ChickLitEn este especial de ¿Quién enamora primero?, Emily Masón empieza a trabajar como niñera de los mellizos Carter y no solo aprenderá a como cuidarlos sino a como lidiar con la repentina atracción que siente hacia April, la hermana mayor de ellos. Jun...
