Capítulo 29

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April

Lo último que imaginé en mi vida era estar aquí, de pie frente al espejo, preparándome para velar a la mujer que amaba. Nunca pensé que tendría que decirle adiós tan pronto, ni que el amor que iluminó mis días ahora sería solo un recuerdo que duele como un cuchillo clavado en mi pecho.

Desde que Ada y su novio llegaron y la vieron siendo trasladada en el carro de medicina legal, el mundo dejó de tener sentido. La chica que había llegado a nuestra casa para cuidar a mis hermanos pequeños terminó robándose mi corazón, y ahora se lo llevaba con ella, dejándome vacía, rota, incompleta.

Estoy agotada. Mi padre tuvo que venir a levantarme del portal de su casa donde me había quedado con Peter porque ya no tengo fuerzas para sostenerme sola. Ni siquiera sé cómo logro moverme. Me miro en el espejo y no reconozco a la persona que tengo frente a mí. Mi rostro está hinchado, las lágrimas siguen cayendo sin control, y el dolor en mi pecho es tan agudo que apenas puedo respirar. Es como si me hubieran arrancado el corazón pedazo a pedazo, y cada fragmento perdido intensifica este tormento.

Mi mente no me da tregua. Me tortura con recuerdos que antes me llenaban de alegría pero que ahora son punzadas de dolor. Ya no estará aquí, en nuestra casa. No la veré jugando con los mellizos, no la escucharé reír mientras me cuenta sus películas favoritas o sus aventuras en la preparatoria. Esa risa que podía iluminar cualquier cuarto, cualquier momento, se ha apagado, y con ella, una parte de mí.

Ajusto mi ropa, aunque cada movimiento pesa como si cargara el mundo entero. Me limpio las lágrimas con el dorso de la mano, pero siguen cayendo. No sé cómo enfrentar este día. No sé cómo enfrentar una vida sin Emily.

Finalmente, me obligo a salir del cuarto, aunque siento que mis piernas no responden del todo. Cada paso es como caminar sobre vidrio, cada aliento se convierte en un recordatorio de que ella ya no está. Al llegar al salón, mi padre está esperando pues mi madre se adelantó para dejarle a los niños a mis abuelos, sus ojos reflejan una mezcla de tristeza y preocupación. No dice nada, pero coloca una mano firme en mi hombro, como si quisiera transmitirme fuerza, aunque sé que él también está quebrado por dentro.

El camino hacia la funeraria es silencioso, opresivo. El mundo afuera sigue girando como si nada hubiera pasado, como si no faltara alguien tan esencial. La gente camina por las calles, los autos avanzan, los pájaros cantan, y eso solo hace que el vacío sea más insoportable. Quiero gritarles que se detengan, que entiendan que el universo debería estar en pausa porque Emily ya no está aquí.

Cuando llegamos, mis manos tiemblan al abrir la puerta. El ambiente dentro es pesado, y el murmullo de las personas reunidas me llega como un eco distante. Reconozco rostros conocidos: Ada está allí, abrazada a Peter, ambos con el dolor marcado en sus miradas. Del otro lado, está mi madre con sus ojos llenos de lágrimas y se poner alerta cuando nos ve.

Y entonces la veo. O más bien, veo el ataúd. Ese objeto frío y ajeno que no puede ser real. No puede ser el lugar donde descansa la persona que llenó mi vida de amor, de risas, de sueños compartidos. Me acerco con pasos inseguros, y cada centímetro que acorto entre nosotras hace que mi pecho se comprima más.

Al llegar frente a ella, mis rodillas flaquean. Las flores que adornan el espacio no logran suavizar el golpe. Allí está mi Emily, pero no es ella. Su rostro está pálido, inmóvil, sin esa chispa de vida que siempre la hacía brillar. Extiendo una mano temblorosa, queriendo tocarla, pero deteniéndome a medio camino.

—Esto no es justo... —susurro, y mi voz se quiebra mientras las lágrimas vuelven a caer sin control.

Peter se acerca y coloca una mano en mi hombro, su propio dolor reflejado en sus ojos.

InevitableDonde viven las historias. Descúbrelo ahora