Capítulo 31

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Narrador omnisciente

Emily, ahora atrapada entre este mundo y el siguiente, observaba a su amada Ricitos desde un rincón de la habitación. April estaba acostada en su cama, con el rostro enterrado en la almohada y los hombros sacudiéndose por los sollozos. Cada lágrima que derramaba era como una daga atravesando lo que quedaba del alma de Emily, un dolor que no podía describirse con palabras.

Se acercó lentamente, deseando con cada partícula de su ser poder abrazarla, secarle las lágrimas, susurrarle que estaba allí, aunque fuera de una manera que ninguna de las dos podía comprender. Pero cuando intentó tocarla, su mano atravesó el aire vacío, como si ni siquiera existiera.

—Ricitos... —murmuró Emily, aunque sabía que su voz era solo un eco perdido en la eternidad—. Estoy aquí. Siempre estaré aquí.

Se acostó a su lado, o al menos lo intentó, posándose junto a April, tan cerca que casi podía sentir el calor de su piel. Quería gritarle que estaba bien, que ya no sufría, que todo su dolor había desaparecido cuando dejó este mundo. Pero el peso del silencio entre ellas era insoportable.

Emily miró el rostro de April, devastado por el llanto. Su corazón, o lo que quedaba de él, se rompía una y otra vez al verla así.

—Por favor, Ricitos, escúchame... Estoy en paz, ya no hay más miedo, ya no hay más dolor. Pero verte así me hace querer volver, luchar contra lo imposible para consolarte.

La habitación permanecía en un silencio abrumador, roto solo por los sollozos ahogados de April. Emily cerró los ojos, si es que eso aún era posible, y deseó con todas sus fuerzas que, aunque no pudiera ser vista ni escuchada, su presencia pudiera calmar a April.

Porque incluso en la muerte, el amor de Emily por su Ricitos no había cambiado.

La noche avanzaba lentamente, y el cuarto se sumía en un silencio casi sepulcral, interrumpido solo por el suave eco de los sollozos de April. Emily permanecía a su lado, invisible e intangible, pero inquebrantable en su deseo de consolarla.

De pronto, April se giró en la cama, abrazando la almohada con fuerza, y susurró entre lágrimas:

—Te extraño tanto, Em... No puedo hacer esto sin ti.

Emily sintió que esas palabras la destrozaban aún más que el momento en que dejó este mundo. Su Ricitos estaba rota, hundida en un abismo del que no podía salir, y ella no podía hacer nada para ayudarla.

Desesperada, Emily intentó algo que no había hecho antes. Cerró los ojos y concentró toda su energía, toda la fuerza que quedaba en su esencia, en un único propósito: que April sintiera su presencia.

Una brisa ligera atravesó la habitación, suficiente para hacer que las cortinas se movieran levemente. April dejó de llorar, parpadeando con confusión.

—¿Emily...? —preguntó en un susurro, como si temiera que pronunciar su nombre fuera una ilusión cruel.

Emily quería gritarle que sí, que estaba allí, pero no podía. En cambio, la brisa se tornó cálida, envolviendo a April como un abrazo invisible.

April cerró los ojos y, por un instante, una paz inesperada la cubrió. Su respiración, aunque todavía irregular, comenzó a calmarse.

—Sé que no estás aquí... Pero quisiera creer que lo estás. Que me estás cuidando... —dijo April, con la voz quebrada pero llena de una pequeña esperanza.

Emily sonrió, aunque su rostro no pudiera ser visto. No era suficiente, pero era un comienzo. Se quedaría con April todo el tiempo que fuera necesario, hasta que pudiera aprender a sanar. Hasta que el dolor se convirtiera en un recuerdo lleno de amor, y no en una herida abierta.

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