Apasionado
El matrimonio no había sido algo en lo que Mycroft Holmes pensara demasiado. Para él, el amor era una distracción, un riesgo, un factor difícil de calcular en sus meticulosos planes. Pero con Greg, todo aquello se había vuelto irrelevante. Contra toda lógica, lo había amado. Y contra toda prudencia, había dicho que sí.
Por su parte, Greg nunca había creído que terminaría casándose con un Holmes, y mucho menos con el apodado gobierno británico. Sin embargo, allí estaban, abordando un jet privado con destino a la Toscana, su luna de miel cuidadosamente planeada por Mycroft.
—No hacía falta todo esto, Myc —comentó Greg, acomodándose en el asiento de cuero mientras el avión despegaba.
—Por supuesto que sí. No vamos a tener muchas oportunidades de tomarnos vacaciones. Prefiero asegurarme de que esto sea memorable —respondió Mycroft, sirviendo dos copas de vino.
Greg sonrió. Si había algo que amaba de su esposo, era ese aire de control absoluto sobre todo… excepto sobre él, porque Mycroft Holmes podía mover los hilos del mundo, pero cuando se trataba de Greg Lestrade, a veces parecía no saber ni por dónde empezar.
Aterrizaron en un viñedo privado cerca de Florencia, donde Mycroft había reservado una villa apartada con vistas a los campos de girasoles. Greg, acostumbrado a hoteles más modestos y viajes improvisados, no pudo evitar sentirse abrumado por la elegancia del lugar.
—Déjame adivinar, ¿propiedad de algún contacto tuyo? —bromeó, observando la arquitectura rústica pero refinada de la villa.
—Un antiguo socio. Me debe algunos favores —respondió Mycroft con una leve sonrisa.
Greg entrecerró los ojos.
—¿Favores relacionados con política internacional? —preguntó en broma
—Si
Greg rió y lo tomó de la mano. Era extraño ver a Mycroft tan relajado, sin un teléfono en la mano, sin preocupaciones en la mirada. Por una vez, el peso del mundo no estaba sobre sus hombros.
La primera noche, cenaron en la terraza con una botella de vino cara y una cena exquisita preparada por un chef privado. Greg, que nunca había sido particularmente refinado con la comida, trató de recordar qué cubierto se usaba para qué, pero terminó confundido y usando el tenedor más cercano. Mycroft lo observó con indulgencia, con esa expresión de afecto apenas disfrazada detrás de su usual porte estoico.
Más tarde era de madrugada, la habitación a oscuras con la luz de la luna filtrándose por las delgadas cortinas blancas iluminando a los dos amantes. Hubo besos desesperados, los labios chocaron con fuerza, pasión y amor, derritiendo a ambos a fuego lento y cada toque se sintió como una caricia fina.
La manos de Greg saben exactamente dónde presionar, conocen el cuerpo de Mycroft a la perfección, desde las zonas que le hacen cosquillas hasta las que lo hacen gemir con fuerza así que con un poco de desesperación acarició la piernas de su esposo, su parte favorita, eran largas, suaves y tenían un tono tan pálido que cualquier toque mínimo dejaba pequeñas motas rojas. Su rostro se arrastró también para dejar besos entre sus muslos internos y algunas marcas, después de todo, no se le permitía dejarlas en lugares visibles, pero las piernas desnudas de Mycroft, eran algo que solamente Greg podía ver, disfrutar y admirar, podía observar cada mordisco o la sombra de su tacto de vez en cuando.
Una mano firme tomó el pene de Mycroft y lo acarició con suavidad haciéndolo soltar jadeos, obligando a sus caderas a moverse en busca de más contacto, Greg por su parte se lo dió comenzando a mover su muñeca más rápido. Todo mientras su otra mano destapaba con habilidad la botella de lubricante para regarla entre la piernas de Holmes.
