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Sexo de reconciliación

Mycroft era experto en diversas cosas, en política, idiomas, literatura clásica, música y ajedrez, tal vez incluso en más campos, pero tratándose de amor realmente era muy torpe. Greg era, al parecer, su única experiencia duradera, esto por supuesto era algo vergonzoso de admitir así que constantemente evadía conversaciones que pudieran direccionarse a su vida romántica pasada.

Greg por su parte rara vez insistía, estaba consciente de que Mycroft no es alguien a quien se deba presionar para decir la verdad o revelar cosas de su pasado, al final todos merecen tener un par de secretos inofensivos.

Era marzo y la primavera suele aumentar la temperatura, dejando que la luz del sol se cuele entre los grandes ventanales de la casa de Mycroft, y a pesar de que la imagen de la sala principal brillando por la brillantez del día parece digna de una postal, la discusión de dos personas no es exactamente encantadora.

Mycroft esta acostumbrado a manejar crisis internacionales y lidiar con personas de carácter difícil, pero se encontraba completamente fuera de su zona de confort cuando se enfrentaba a un desacuerdo con Greg. La incomodidad y la necesidad de huir pasaba una y otra vez por su cabeza como un anuncio neón.

En su mente, las opciones inmediatas para actuar realmente no eran validas; no podía ser sarcástico, ni evasivo y no podía mediar las cosas de la misma forma en la que lo hacía en su trabajo, así que era inevitable sentirse acorralado y un poco asustado al pensar que si la discusión se agraviaba entonces sería el fin de su relación.

La primera vez que pelearon, Mycroft la recuerda muy detalladamente, y desearía no hacerlo. Greg había levantado un poco la voz diciendo que Mycroft era un egoísta que nunca lo tomaba en cuenta, y antes de darse cuenta, Holmes estaba llorando. No fue algo calculado, sino una reacción inconciente al pánico de perder a la persona que amaba y por más que lo intentó ni las lágrimas ni el dolor cesó, la vergüenza se extendió por todo su rostro y solo hizo que se sonrojara aún más así que prefirió huir de la situación y encerrarse en su cuarto hasta que por fin se calmó. Esa noche, Greg lo consoló con ternura, pidiéndole perdón y asegurándole que todo estaría bien.

Eso fue el inicio de un mal hábito, de un patrón repetitivo que ninguno de los dos consideraba que seria difícil de manejar a futuro. Siempre que había llanto Greg lo consentía para calmarlo y pedía perdón, incluso si la culpa no era suya, y Mycroft nunca se daba la oportunidad para explicar el origen de su reacción.

Había sido un día largo y complicado para ambos, y su malentendido trivial terminó escalando. Las palabras subieron de tono, y cuando Greg alzó un poco la voz, Mycroft sintió el familiar nudo en la garganta. Antes de poder evitarlo, las lágrimas comenzaron a rodar por su rostro.

Pero esta vez, la reacción de Greg fue diferente, tal vez era el enojo que parecía no disiparse o el estrés proveniente del trabajo.

—¡¿Siempre tienes que llorar, no?! —exclamó con su voz cargada de frustración— Cada vez que las cosas se ponen un poco difíciles haces eso.¿Es porqué sabes que voy a consolarte? ¿Estás tratando de mantenerme aquí haciéndome sentir culpable?

Mycroft cubrió su boca con una mano, incapaz de detener los sollozos, mientras su otra mano apretaba su saco. Quería decir algo, cualquier cosa, pero el miedo y las emociones lo estaban dejando sin recursos para actuar.

—¡Mycroft, por favor, dime algo! —Greg continuó, desesperado—. La primera vez que sucedió lo entendí, ambos estábamos asustados por lo que podría pasar con nosotros, pero lo has hecho una y otra vez. No discutimos seguido, pero cuando lo hacemos, lloras… ¡y me estás desesperando!

Smuttober (Mystrade) Donde viven las historias. Descúbrelo ahora