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EL SANTIAGO BERNABÉU estaba a reventar

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EL SANTIAGO BERNABÉU estaba a reventar. Desde afuera ya se podían escuchar los gritos de la gente, anunciando que la noche prometía ser legendaria. Diego y yo avanzamos entre las pocas personas que quedaban en la fila, sintiendo la adrenalina subir con cada paso.

—No puedo creer que estemos aquí —dije, sujetando el móvil con las entradas como si fueran oro puro.

—Yo tampoco... Sobre todo porque se agotaron en minutos —respondió Diego, mirándome de reojo—. ¿Cómo las conseguiste?

—Una chica las vendía por Twitter —dije rápidamente, restándole importancia—. No iba a perderme la oportunidad de ir a la Velada del Año contigo.

Él suspiró, cruzándose de brazos.

—¿Reventa?

— Si, ¿Que pasa?

Diego chasqueó la lengua pero no dijo nada más mientras llegábamos a la entrada. Me acerqué a la chica que escaneaba los boletos con seguridad, ya imaginándome el espectáculo que nos esperaba. Pero en cuanto pasó el primero por el lector, la luz roja parpadeó.

—Las entradas ya han sido usadas.

Mi sonrisa se congeló.

—¿Qué? No, no puede ser. Escanéalo otra vez, por favor.

La chica suspiró y volvió a pasarlas. Otra vez, luz roja.

—Ocupadas hace media hora. Siguiente.

—No, solo una última vez...

—Sofía, estamos haciendo cola —murmuró Diego, notando las miradas impacientes detrás de nosotros.

Me apartó de la fila con suavidad y nos quedamos en un rincón, mientras yo miraba los boletos con incredulidad.

—Diego, esto es imposible.

—Sí, en reventa.

Bajé la mirada, sintiendo el golpe de la realidad.

—Es que no conseguí en la venta oficial...

Diego suspiró y luego soltó una risa.

—Ay, Sofía... Da igual, no te preocupes. Ya encontraremos qué hacer.

Pero yo solo miraba el estadio, sintiendo que la noche que prometía ser inolvidable se desmoronaba frente a mí. Era su cumpleaños. Su regalo. Y por mi culpa, no teníamos nada.
Mis manos temblaban mientras sacaba el móvil del bolsillo, tratando de controlar la desesperación.

—¡Esto es imposible! V-Voy a escribirle, seguro que es un error —dije rápidamente, mis dedos deslizándose por la pantalla mientras buscaba la conversación con la chica que me había vendido las entradas.

Diego, parado a mi lado con los brazos cruzados, suspiró con resignación.

—Sofía, fijo que...

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