SOFIA DÍAZ, una amante del cine, es contratada para documentar "La velada del año III". En este evento es donde conoce a IVAN, el cuál es un streamer muy conocido argentino, pero eso ella no lo sabe.
Iván se embarca en una búsqueda para encontrarla...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
SENTÍ COMO ALGUIEN ME AGARRABA del brazo y me empujaba dentro de una habitación. La fuerza del movimiento nos hizo caer al suelo. Todo estaba oscuro, apenas podía distinguir nada, pero ese perfume era inconfundible. Era él.
Sentí sus manos firmes sujetando las mías contra el suelo, a ambos lados de mi cuerpo. Estaba encima de mí, inmovilizándome. Mi corazón latía con fuerza, pero no sabía si era por el enojo o los nervios.
—Sofía, por favor, hablame —dijo, su voz baja, casi un susurro.
— Déjame en paz.—le disparé, con un tono frío.
La tensión en el aire era casi palpable. Aunque no podía verle la cara en la oscuridad, podía imaginar cómo se quedó paralizado al escuchar el nombre de ella. Después de unos segundos, sentí cómo se quitaba de encima de mí, suspirando profundamente antes de recostarse a mi lado en el suelo.
Nos quedamos en silencio. Sólo se escuchaba el ruido de nuestras respiraciones, entrecortadas, llenas de algo que ninguno quería admitir.
—Estamos en la misma habitación donde nos conocimos por primera vez —murmuro, sin poder evitarlo.
—¿Cómo sabés eso? —pregunte, con un tono de sorpresa teñido de nostalgia.
—Porque antes de entrar, vi el cuadro del fondo. ¿No te diste cuenta? —dijo sin emoción.
—No... —respondí seria.— Bueno, me tengo que ir —dije, intentando cortar el momento, poniéndome de pie con torpeza.
De repente, sentí cómo su mano tomaba la mía, entrelazando sus dedos con los míos. Antes de que pudiera reaccionar, llevó mi mano a su pecho. Mi respiración se detuvo por un segundo cuando sentí su corazón latiendo a mil por hora. ¿Acaso... latía así por mí?
—¿Por qué haces esto, Iván? —pregunté, intentando que mi voz no temblara. Él no contestó.
Aparté mi mano de la suya rápidamente y me senté en el suelo, manteniendo los ojos fijos en un punto indefinido frente a mí. No poder verlo directamente me hacía sentir menos expuesta, como si el espacio entre nosotros pudiera amortiguar lo que estaba pasando. Pero la tensión en el aire seguía ahí, pesada y aplastante.
El silencio duró unos segundos hasta que su voz rompió el vacío:
—Sofía, ¿me has echado de menos? —preguntó, con un tono bajo, casi como si temiera la respuesta.
La pregunta me tomó por sorpresa. Mi corazón se detuvo por un instante, mientras mi mente intentaba decidir qué decir. ¿Debía ser honesta? ¿Debía mentir? Finalmente, las palabras salieron sin permiso.
—Sí.
Me quedé helada. ¿Por qué había dicho eso? ¡No era lo que quería decir! Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.