SOFIA DÍAZ, una amante del cine, es contratada para documentar "La velada del año III". En este evento es donde conoce a IVAN, el cuál es un streamer muy conocido argentino, pero eso ella no lo sabe.
Iván se embarca en una búsqueda para encontrarla...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
MI CUERPO TEMBLABA, no un simple escalofrío, no. Era ese tipo de temblor que empieza en las manos y sube hasta la garganta, como cuando en la universidad me tocó presentar el TFG. En aquel entonces era un proyecto que había preparado con todo el alma... Y saqué muy buena nota.
Pero esto era distinto. Ahora, no me calificaría un jurado, ni un profesor. Esta vez me juzgaría todo el mundo. Todo el mundo vería mi proyecto. Todo el mundo tendría algo que decir.
—Sofía, tú tranquila, ¿sí? No te me pongas nerviosa ahora —dijo mi "manager" con esa voz calmada que siempre usaba cuando todo se estaba yendo al carajo—. ¿Quieres agua? ¿Un chupito? ¿Algo que te baje la ansiedad?
—¿Un chu... qué? —me quedé viéndola como si me hubiera hablado en otro idioma—. No, no, estoy bien... bueno, no bien, solo... agobiada. Siento que todo el mundo me va a mirar. ¿Y si... qué tal que todo el hype que levantamos con la película termina siendo una decepción?
Ella soltó una carcajada suave, como si le hubiera contado un chiste.
—¿Estás hablando en serio? ¿Tú? Sofía, tus guiones han sido literalmente peliculones en los últimos años. O sea, ya eres un nombre en el cine español, ¿me entiendes? Estás en tu era legendaria, reina.
—Ya, pero escribir historias es una cosa —resoplé, cruzándome de brazos mientras trataba de no morderme las uñas otra vez—. Dirigirlas... estar detrás de cámara, organizarlo todo, tomar decisiones... eso es otro rollo. Nunca pensé meterme tan a fondo en esto. Es demasiado. Y si la cago, todo el mundo lo va a notar.
Ella no me dejó hundirme más. Me agarró de los hombros, me sacudió leve —como si pudiera sacarme las inseguridades a base de empujones— y me miró directo a los ojos.
—¿Quieres que los traiga?
Me quedé en silencio un segundo, y luego asentí despacio, con una pequeña sonrisa que apenas me salió.
—Sabes que sí. Si los veo, capaz me tranquilizo un poco. Están en los primeros asientos, ¿no?
—Obvio. Primera fila, como reyes. Enseguida vuelvo.
Y salió corriendo, literal. Desapareció entre la gente, y me dejó ahí, sola. Bueno... sola entre un mar de gente.
Todos a mi alrededor hablaban, reían, algunos incluso me lanzaban cumplidos: que si "¡Felicidades, Sofía!", que si "Eres una genia", que si "No puedo esperar para verla". Pero yo solo asentía, como en automático.
Necesitaba silencio. Respirar. Recordar por qué había empezado todo esto.
Necesitaba encontrar a la Sofía que escribía por las noches con un café frío y el corazón roto. La misma que soñaba con esto cuando ni siquiera tenía con qué pagar el recibo del internet. La misma que, ahora, estaba a punto de ver su historia... mi historia, en una pantalla enorme, frente a cientos de personas.