SOFIA DÍAZ, una amante del cine, es contratada para documentar "La velada del año III". En este evento es donde conoce a IVAN, el cuál es un streamer muy conocido argentino, pero eso ella no lo sabe.
Iván se embarca en una búsqueda para encontrarla...
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RECHAZADA, RECHAZADA, RECHAZADA, eso era lo único que recibía en mi bandeja de gmail. Nadie me quería contratar, me sentía tan inutil, desperdicié cuatro años de mi vida estudiando algo relacionado con el cine y salí con matrícula de honor y así aún no me escogían.
¿Y que debería hacer ahora? Seguir trabajando en el sturbucks no era una opción, ya no me pagaban lo suficiente. Podría pedir trabajo al restaurante de la familia de Lucia, pero trabajar en un restaurante tampoco era lo mío.
— ¡Joder!
— ¡Eh! No grites tanto, son las nueve de la mañana.— se quejó Diego que se había levantado para ir al baño.— ¿Que te pasa ahora?
— Sigo sin encontrar trabajo, las vacaciones de verano van a terminar, lo que significa que mi contrato en inditex también.
— Sabes que cuando empiezo el curso siempre me llaman para ser profe particular, podré ayudarte.
— No, este curso empezarás bachillerato y por experiencia te puedo asegurar que no es fácil, así concéntrate. Déjame estas cosas a mi.— dije para luego levantarme de la mesa.— Dormiré un rato, llevo toda la ncohe despierta.
Después de eso me lancé hacia el sofá para dormir al menos un par de horas antes de que tuviera que irme a trabajar.
Sentí cómo alguien me agitaba los hombros con insistencia, sacudiéndome del sueño profundo en el que apenas comenzaba a descansar. Mi cuerpo reaccionó con una ligera queja, queriendo aferrarse a ese último instante de tranquilidad.
—Sofía, oye... despierta... —murmuró una voz conocida, con suavidad, pero urgencia.
—Mmh... —musité, sin abrir los ojos, dándome la vuelta entre las sábanas.
—¡Sofía! —la voz se elevó de golpe, ahora claramente alarmada.
El grito me sacó por completo del letargo. Me incorporé de golpe, con la respiración acelerada, el corazón palpitando con fuerza en el pecho. Parpadeé varias veces, desorientada, hasta que la habitación fue tomando forma a mi alrededor.
Frente a mí, Diego estaba de pie, pálido y con expresión de preocupación. En sus manos temblorosas sostenía mi teléfono móvil, la pantalla encendida, vibrando sin cesar.
—T-Te llaman —dijo, extendiéndome el dispositivo.
Lo tomé de inmediato, sorprendida, con el pulso aún alterado. Al ver el nombre en la pantalla, sentí un pequeño nudo formarse en mi estómago. Contesté sin pensarlo dos veces, presionando el auricular contra mi oído.
—¿Hola? ¿Quién habla? —pregunté, con la voz todavía ronca por el sueño interrumpido.
—¿Usted es Sofía Díaz? —preguntó una voz al otro lado de la línea. El acento argentino era inconfundible, suave pero firme.