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HABIAN PASADO MESES DE TODO, y ya era el cumpleaños de Diego, mi hermano pequeño

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HABIAN PASADO MESES DE TODO, y ya era el cumpleaños de Diego, mi hermano pequeño. Era increíble ver cómo, ese niño al que había criado, estaba a punto de convertirse en un adulto. Tenía 17 años, y con cada día que pasaba, me daba cuenta de lo mucho que había crecido. En ese momento, no pude evitar sentirme una mezcla de nostalgia y orgullo por él.

Pero mi mente se desvió cuando vi a Nerea entregándole un regalo a Diego. La sorpresa en su rostro era evidente, y lo que me llamó la atención fue la forma en que la miró, sonriendo de una manera que solo él sabía hacer. Luego, sin pensarlo, le dio un beso en la mejilla, y aunque era un gesto simple, no pude evitar sentir una punzada de envidia. Me preguntaba si alguna vez sería capaz de recibir una mirada así. Una mirada tan llena de cariño.

— Ábrelo.—le dijo Nerea con una sonrisa traviesa en los labios.

Diego, nervioso, asomó la cabeza hacia la bolsa de regalo, y al instante, dejó escapar un resoplido de emoción. Se levantó rápidamente, sin poder contener las ganas de abrazar a Nerea. Pude escuchar que empezó a sollozar.

Agarre la bolsa, y al ver el interior, fruncí el ceño en confusión. Era una consola Nintendo DS, pero... ¿Eso no un modelo antiguo? La consola se veía obsoleta, y eso me sorprendió. ¿Por qué le regalaría algo tan viejo?

— Gracias, nerea. Muchísimas gracias. Te quiero.—Diego dijo, y Nerea se sonrojó al instante. La escena era tan tierna que me hizo reír.

Diego, sin perder el tiempo, comenzó a abrir la caja de la Nintendo, como si fuera un niño pequeño recibiendo el regalo. No pude evitar observar cómo, con cada gesto, parecía perderse en la emoción. Pero cuando la sacó de la caja y la miró detenidamente, algo cambió en su rostro. La sonrisa que tenía desapareció por un momento, y no pude evitar notar cómo su cara se ocultaba detrás de su brazo, como si quisiera esconder sus lágrimas.

— Pero... esta Nintendo... no es la misma que...— murmuré.

Al ver aquella Nintendo me trajo un torrente de recuerdos, tan vívidos que sentí como si el tiempo retrocediera a cuando éramos niños. Volví a ver esa Navidad, hace tantos años, cuando Diego había recibido una consola igual.

Pude ver que las lágrimas comenzaban a recorrer su rostro, y aunque intentó disimularlo, la tristeza y la frustración no podían esconderse.



























Era Nochebuena, y la casa estaba llena de risas y alegría. No podía dejar de sonreír al ver a Diego tan emocionado, con los ojos brillando mientras esperaba impacientemente su regalo. Yo, aunque ya un poco mayor, no podía evitar contagiarme de su entusiasmo.

Ambos estábamos sentados en el suelo, observando a mamá mientras organizaba los regalos. La luz del árbol de Navidad parpadeaba suavemente, creando una atmósfera cálida y acogedora que hacía que todo pareciera perfecto.

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