cap. -24~t2~

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🥀.-"Hey Hey hola como están yo bien chiiii"

🥀.-"hoy doble cap porque no actualice la semana pasada"

Las campanas del Palacio resonaban como un eco solemne que marcaba el inicio de una jornada especial: el cumpleaños del consorte real, Lucifer Morningstar

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Las campanas del Palacio resonaban como un eco solemne que marcaba el inicio de una jornada especial: el cumpleaños del consorte real, Lucifer Morningstar. Desde muy temprano, las calles del Infierno parecían haber despertado con un brillo distinto, un aire vibrante que no solía respirarse en días comunes.

Los demonios corrían de un lado a otro, comerciantes, artistas y obreros, todos con un mismo propósito: levantar en cuestión de horas una celebración digna del ángel caído que, pese a la severidad de su reinado, había conquistado el corazón del pueblo con su elegancia, misterio y la eterna aureola de poder que lo rodeaba.

Guirnaldas doradas colgaban desde los altos balcones de hierro forjado, ondeando con un brillo cálido cuando el fuego eterno del Infierno les rozaba. Entre esas tiras, banderines rojo cereza formaban pequeños arcoíris que contrastaban con el negro profundo de las calles infernales. En cada esquina, esculturas improvisadas de cera y hueso fueron adornadas con cintas blancas que representaban la pureza que aún se le atribuía al consorte, recordando su origen celestial.

Los vendedores ambulantes llenaban las plazas con aromas dulces y especiados: tartas de canela infernal, vinos de frutos prohibidos y manzanas acarameladas de un rojo tan intenso que parecían rubíes. Los niños corrían entre los puestos, llevando coronas de papel dorado y antifaces sencillos, pues se había establecido que la fiesta real sería un baile de máscaras, símbolo de misterio y poder.

En el corazón de la capital infernal, justo frente a la escalinata del Palacio, se erguía un arco monumental recubierto de cristales rojos que reflejaban la luz en destellos casi cegadores. Sobre él, grabado con letras llameantes, se leía: “Feliz cumpleaños, Consorte Real Lucifer”. Los aplausos estallaban cada vez que alguien se detenía a leerlo, y el murmullo de expectativa crecía sin detenerse.

Dentro del Palacio, la preparación no era menor. Cientos de sirvientes recorrían los pasillos con bandejas de copas de cristal, otros extendían manteles bordados en oro sobre mesas kilométricas que serían llenadas de banquetes dignos de reyes. En el gran salón, cortinas color cereza caían como cascadas desde el techo hasta el suelo, y lámparas de araña bañaban todo con destellos dorados, reflejando en el mármol blanco del suelo.

Las costureras se arremolinaban en salas laterales, terminando los últimos detalles de vestidos, capas y antifaces. Algunos confeccionados con plumas negras, otros con perlas incrustadas, y los más codiciados, hechos con fragmentos de obsidiana pulida.

Pero lo más esperado era el antifaz del propio Lucifer. Un rumor corría de boca en boca: que el consorte no usaría un antifaz cualquiera, sino uno forjado en plata celestial, incrustado con rubíes y oro, obra de los mejores artesanos del inframundo. Se decía que aquel que lograra verlo de cerca sería bendecido… o maldito, dependiendo de lo que su majestad decidiera.

El Angel PrometidoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora