Desde la caída de un angel rebelde, varios serés divinos tuvieron que pagar la condena del trato entre Dios y el rey infernal, para mantener el tratado de paz un angel tendrá que derramar sangre sobre las manos del rey y si quiere vivir tendrá que c...
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-¿Y bien?, ¿cómo van los papeles? -preguntó Él con voz serena, sin apartar la vista del ventanal que daba al firmamento-.
-Después de los últimos borradores que enviamos, ya están reescribiendo el oficial tal como usted lo pidió, señor -respondió Sera con tono profesional, caminando a su lado mientras sostenía una carpeta repleta de sellos celestiales y cintas doradas-.
Dios asintió en silencio. Sus manos, ocultas bajo los pliegues de su túnica blanca, se entrelazaron con calma, aunque su expresión delataba cierta tensión. El cielo estaba extrañamente quieto. Ni coros, ni trompetas, ni los ecos de alabanzas que solían resonar por los pasillos de luz. Todo era silencio, un luto callado que hasta los serafines comprendían.
-Jamás pensé que llegaría el día -murmuró Él, casi para sí mismo- en que el Cielo y el Infierno firmaran un pacto de paz-.
Sera lo miró de reojo. Había cansancio en su rostro, y aunque intentaba mantener la compostura, sabía que aquella decisión no era un triunfo… sino una necesidad.
-Después de su muerte -dijo con voz baja, pero firme- no quedaban muchas opciones. El equilibrio se rompió. Los demonios se desbandaron, y el Infierno… necesitaba un nuevo orden-.
Dios cerró los ojos un momento. -Lucifer… -susurró, dejando que el nombre se escapara entre los labios con una mezcla de pesar y cariño-Siempre pensé que podría volver. Que había tiempo-.
Sera bajó la mirada. Recordar al antiguo portador de la luz seguía doliendo, incluso después de tanto. -Nadie imaginó que terminaría así -admitió- Ni siquiera los suyos-.
Hubo un largo silencio. Solo el crujir del pergamino en sus manos rompía la quietud.
-¿Y los representantes infernales?-preguntó Dios al fin, girando levemente su rostro hacia ella-.
-Aún en debate sobre quién firmará en nombre del nuevo Consejo -respondió Sera- Lute y Adán insisten en que debe ser Alastor quien lo haga-.
Un leve destello cruzó los ojos del Creador. -Astel… -murmuró, usando aquel nombre antiguo, casi olvidado-De todos los que cayeron, jamás creí que él sobreviviría tanto tiempo-.
-No solo sobrevivió, señor-añadió Sera con un tono que oscilaba entre respeto y tristeza-Aprendió a gobernar entre las sombras. Si él firma, esta paz podría durar… aunque no sin precio-.
El Dios de la creación volvió la vista hacia el horizonte. A lo lejos, entre los bordes del cielo, una luz tenue parecía menguar.
-La paz nunca es gratuita, Sera. Siempre se paga con algo que amamos-.