Había una vez, una princesa pelirroja prisionera en un armario debajo de la escalera.
La princesa vivía en un castillo que no era suyo. Con un sufrimiento que no debería. Hasta que un día, un semigigante apareció en la puerta de este, tiñendo su des...
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Adiós, Syrax
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—¡LILITH!
La pelirroja intentó avanzar lo más rápido que pudo, sintiendo un peso en el pecho al reconocer la voz.
—¡Lilith!— la presencia del profesor Lupin los obligó a detenerse. El hombre frente a ellos parecía totalmente destruido, con profundas ojeras en su pálido rostro; su cabello despeinado daba la impresión de que no había dormido en días. La expresión en su rostro marcaba todo el arrepentimiento que tenía.
Leo, al verlo frente a ellos, no tardó ni un segundo en desaparecer por los pasillos, tal vez sintiendo la incómoda conversación que vendría.
—¿Necesita algo, profesor Lupin?— preguntó la Potter seriamente, luego de unos segundos en silencio donde el profesor había estado observando por dónde Leo se había ido. A Lilith le pareció que el rostro del profesor se volvió aún más desesperanzado.
—Quisiera que me escuches— murmuró, regresando su vista a la menor. —Sé que me odias, y que no quieres verme— se adelantó al verla con intenciones de hablar —. Lo entiendo. No es eso de lo que quiero hablar.
—¿No?— se confundió la pelirroja —¿Y entonces de qué?
—Sobre el boggart— Lilith hizo una mueca al recordar aquella clase —. No tengo intenciones de presionarte para saber el porqué de tu boggart. Lo que vengo a ofrecerte es entrenarte.