Había una vez, una princesa pelirroja prisionera en un armario debajo de la escalera.
La princesa vivía en un castillo que no era suyo. Con un sufrimiento que no debería. Hasta que un día, un semigigante apareció en la puerta de este, tiñendo su des...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
¿Qué sucede con Leo?
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
—¿Y LEO?— fue lo primero que salió de los labios de Hermione esa mañana al entrar al Gran Comedor y no encontrarse con James en la mesa de Slytherin.
Todos fijaron sus ojos en los compañeros de cuarto del castaño ausente.
Draco y Theo se encogieron de hombros, sin saber la respuesta.
—Ha estado actuando extraño los últimos días— respondió Draco, con una mueca preocupada —Llega muy tarde a la Sala Común, se va muy temprano. Nunca lo vemos.
—Yo lo vi llorar hace unos días— confesó tímidamente Luz.
—¿Y no dijiste nada?— frunció el entrecejo Lilith.
—No puedo ir por ahí contándole a las personas que alguien está llorando— se justificó —. Sería algo así como invadir su privacidad.
Los ojos preocupados de Hermione se dirigieron a Grindelwald, que hasta ese momento no había proferido palabras, ignorando la creciente discusión entre Lilith, Astoria y Luz por haberse guardado el hecho de ver a Leo triste. Ryan mordía el interior de su mejilla con fuerza, intentando recordar si había algo que había aquejado a su mejor amigo en los últimos meses. Leo había actuado con normalidad hasta luego de las vacaciones, con la misma felicidad de siempre. Pero de repente todo había cambiado; ya no sonreía, ya no hablaba, algo le había sucedido, algo importante, y le frustraba no saber qué era, no poder ayudarlo como él lo ayudó tantas veces.