1947.
La carta a su nombre y de dudosa procedencia arribó en su vida al mismo tiempo que lo hizo la desgracia.
A sus veinte años James Reagan no deseaba nada más allá de lo que cualquier ser humano podría querer alguna vez: seguridad y est...
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Whitefish era un pueblo pequeño de Montana lleno de bosques y montañas nevadas, con una población moderada y personas —en su mayoría— amables. Mi padre formaba parte de una empresa textil naciente como Director de Área mientras que nuestra madre dedicaba parte de su día trabajando como modista en una pequeña tienda en pleno corazón de la ciudad.
Nuestra casa era grande y se asentaba en medio de un suburbio agradable y tranquilo, no muy lejos del bosque. Por ello, no nos resultó difícil escabullirnos. Jane me arrastró por la mano, escondiendonos entre las sombras. Recuerdo la forma en la que mi estómago se revolvía de la emoción ante la perspectiva de una aventura como esa.
Escalamos con esfuerzo el terreno sinuoso entre árboles gigantes y, cuando me cansé, Jane se ofreció a llevarme en brazos; aunque se cansó en seguida y pronto tuve que volver a andar en mis dos pies.
—¿Crees que podrá hacerlo? —murmuré en cierto momento.
Los abetos eran inmensos, pero la luz de la luna lograba drenarse sin problemas iluminando así parte de nuestro camino. No me daba miedo el bosque; era uno de los lugares que más frecuentaba junto a papá o incluso Jane.
—Transformarse es fácil —dijo ella de forma despreocupada, sin mirarme—. Fácil como respirar.
Inmediatamente contuve la respiración, pero al ver que no conseguía nada volví a soltar el aire.
—¿Dolerá?
Ella me sonrió con amabilidad.
—No.
Pronto descubriría que Jane era una mentirosa.
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Poco a poco el cielo se tiñó en los colores tenues del amanecer. El aire aún se sentía fresco contra nuestra piel, pero sabía que no duraría demasiado. En cuanto el sol terminara de salir el calor no se haría esperar, implacable y desalentador. Hice una mueca ante su mero recuerdo y me pasé una mano por los ojos. Me arrepentí de no haber seguido durmiendo cuando tuve la oportunidad.
Continuábamos arremolinados bajo el solitario árbol junto al terraplén, intentando llegar a un acuerdo sobre lo que nos convenía hacer.
Los carromatos se habían instalado y ahora descansaban despreocupadamente junto al camino, a unos cuantos metros de nosotros. No se escondieron entre la maleza y tampoco intentaron ser discretos; cualquiera que estuviera a un kilómetro de distancia podría verlos a través de la llanura.
Hacía un buen rato que sus risas habían dejado de escucharse. La música llena de estática que brotaba de alguna radio también se había detenido. Probablemente estaban dormidos.
—Deberíamos irnos de aquí antes de que alguien decida entregarlos —comenté en voz baja, presionando con los dedos mis ojos hasta ver destellos en mis retinas. Torcí los labios y dejé salir un suspiro—. Si La Rosa o quien sea decide darles caza, somos presa fácil.