Me disculpo de antemano contigo, Lena, aunque no vayas a poder escucharme al hacerlo.
Hoy he seguido a tu hermano hasta el hospital donde tu mejor amiga esta ingresada.
Y donde también te encuentras tú.
Decir que se me rompió el corazón al verte tan delgada y pálida, con una expresión tan débil y desesperada, sonaría algo muy ilógico teniendo en cuenta lo que soy, ¿no?
Tu hermano estuvo hasta tarde contigo, seguramente al notar, igual que yo, tu fragilidad como si de un momento a otro fueras a romperte por la situación.
Sin embargo, cuando tuvo que marcharse tú le respondiste que te quedarías mas tiempo. Fue tu mirada la que impidió a tu hermano decir que no. Puedo comprenderlo. Una mirada tan triste y desoladora como la que tenías hoy era imposible negarle algo.
Esa noche apoyaste la cabeza en la camilla de tu mejor amiga —por lo que veía, los médicos habían accedido a dejarte pasar la noche allí—, le ofreciste un pequeño beso su delicada mano y, cerrando los ojos, te sumergiste en un largo sueño.
Todavía no se muy bien a que hora sucedió aquello, pero por la oscuridad de fuera ya era bastante tarde. Estabas quejándote en sueños, por una pesadilla desagradable, supuse.
Fue entonces cuando me encargué de calmarte y facilitarte un dulce sueño. Con mi mano rocé tu frente y después tu mejilla, dándote una suave brisa que, por tu cambio de expresión, te agradaba.
En un momento dado mostré una pequeña sonrisa. Tu rostro ahora estaba mejor que antes. Con algo de color en tus blancas mejillas, ahora sonrosadas por la pequeña brisa que tocaba tu rostro como una caricia. Las comisuras de tus labios se alzaron un poco creando lo que parecía una sonrisa.
Mi mano viajó hasta una de tus mejillas rojas y entrecerré los ojos deseando capturar unos instantes mas ese momento.
Cerré los ojos y abandoné aquella habitación volviendo a donde pertenecía.
A ese lugar donde vi a Lena por primera vez.
