Las palabras que me dije en aquel momento frente a tu hermano fueron mi impulso para estar ahora aquí, frente al edificio donde vivías. Mi mente no dudaba sobre lo que tenía que hacer. De hecho estaba cien por cien seguro de lo que iba a hacer. Y aunque mis manos temblaban mientras llamaba a tu puerta, eso no me hizo echarme atrás.
Cuando tú abriste, yo ya estaba de nuevo escondido a lo lejos, observándote. Mirabas a los lados confusa, antes de bajar la mirada y encontrar la pequeña amapola blanca que había en tu puerta. La agarraste y volviste a mirar a tu alrededor, esperando encontrar al dueño de aquella flor; pero no tardaste en rendirte y oler la flor que tan bien contrastaba contigo. Y tus comisuras se alzaron un poco.
Sólo un poco más y sonreirías.
Con extrema lentitud, junté mis manos y cerré los ojos. Tú ya te volteabas para volver dentro, cuando un pequeño copo de nieve aterrizó en tu hombro. Sorprendida, lo limpiaste y miraste al cielo. Lentamente la nieve empezaba a caer, ofreciéndote el paisaje de la blanca nieve que tanto amabas.
Abrí los ojos un poco, volviendo a observarte y la imagen que vi ante mí me cortó la respiración. Tus ojos inundados en lágrimas, observaban el cielo con una expresión de completa felicidad. Tus labios, ahora fundidos en una tierna sonrisa, parecían moverse pronunciando un agradecimiento que no conseguí entender.
Alzaste tus brazos y reíste. Tu cuerpo bailó bajo la nieve y yo observé la belleza que desprendías con ella. Era como si ambas hubieseis nacido con la misma fuerza de atracción; aunque había algo que os separaba. La nieve era fría y helada, mientras que tú, Lena, toda tú desprendía una calidez y luz deslumbrantes.
Tardé mucho en darme cuenta que esa luz había permanecido años apagada. Que tus sonrisas sólo enmascaraban un profundo dolor que contaba la tristeza que cargabas.
Lena, comprendí muy tarde que aquellas lágrimas que habías derramado aquella tarde, eran una pequeña parte de toda la desolación que guardabas dentro.
