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Hoy hace más frío en la calle que otros días. La nieve cae lentamente, sin prisas, para acumularse con el resto. Sin embargo, mis ojos sólo son capaces de verte a ti. Sé el porqué de lo que hago. Y enseguida el esfuerzo da sus frutos.

Desde las escaleras del porche de tu casa en el que estás sentada, observas el cielo y un pequeño copo de nieve aterriza en tu nariz. Ríes sin saber porqué, pero te ves tan hermosa que no me importa.

Te incorporas para bailar con la nieve, usando unos pasos que a mí me costaría seguir, pero aún así lo intento. Posiciono mis manos en el aire y me muevo al compás de la música que está en tu mente. Una lenta y suave que consigue reconfortar incluso al corazón más destrozado.

En uno de nuestros movimientos, nuestros hombros se rozan, o mas bien debería decir que el mío traspasa el tuyo en el trayecto. Un escalofrío te recorrió el cuerpo entonces y te detuviste para correr a casa tras mi mirada cargada de confusión. Por un momento creí que no querías seguir bailando; que aquel accidente nuestro había causado un mal presentimiento para ti y por ello preferiste regresar a tu casa.

¿Por qué será entonces que no me sorprendí cuando te vi saliendo por esa puerta cubierta con un abrigo, una bufanda y un gorro? ¿A pesar de mis pensamientos mi corazón sentía algo diferente?

No me importó. Realmente dejé mi mente en blanco y volví a acompañar tus pasos de baile desde la distancia; con la imagen en mi mente de ambos bailando con las manos unidas y los cuerpos juntos como si fuera uno solo.

El espíritu de la nieveHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora