De alguna manera, ya sabía que estaba corriendo hacia allí antes de verlo. Estaba corriendo hacia Lucian. Todo mi cuerpo y mis instintos me estaban arrastrando hacia él. Me había convertido sin darme cuenta.
Por fin llegué al castillo. Tomé mi forma humana y llegué a la puerta, estaba a punto de tocar cuando recordé que estaba desnuda. Es un verdadero fastidio que la ropa se desgarre. Entonces me quedé ahí parada por unos segundos. Justo cuando estuve a punto de irme (no pensaba que Lucian me viera de esa manera) escuché su voz. Sonaba levemente divertida.
-¿Amanda, por qué no entras?
-Y..yo no- no podía. La pena me invadía por completo.
Escuché a Lucian reír. Seguro sabía perfectamente el problema y estaba disfrutando de la situación.
-¿Si? Vamos Amanda, puedes confiar en mí.
-Estoy desnuda, ¿okay?- él profirió de nuevo una carcajada.
Vaya Amanda, eres el chiste de todos hoy.
-Sólo dame ropa para que pueda entrar ¿de acuerdo? - mi voz, claramente, era de fastidio.
-Está bien, nena. En un momento los guardias te la llevan. Te espero en la sala.
¿Nena? Ohh no. No, no, no y no. Él sabe que odio que me digan así, se lo dije el otro día en nuestra platica. Le prometió que nunca lo usaría conmigo. Pero como van las cosas hoy, parece que hoy es el día internacional de "Molesten a Amanda".
Seguía enfurruñada y susurrando cosas por lo bajo cuando de pronto la puerta se abrió. No de par en par dejándome expuesta, pero si una pequeña franja por la que deslizaron ropa. Un camisón, como la vez pasada.
Me lo puse velozmente y me apresuré s entrar. Lo encontré directo en la sala, sentado en el sofá con los ojos puestos en la fogata. En cuanto percibió mi presencia, levantó los ojos y me sonrió. Hizo un ademán para que me sentara junto a él en el sillón.
-Pensé que algo te había pasado. No regresaste al día siguiente.
-Tuve un... problema- no quería hablar de eso, de hecho, quería olvidarlo todo.
-Ya veo- eso fue todo lo que dijo. Se extendió un silencio incómodo entre nosotros.
De pronto, me sentí avergonzada. Seguramente tenía un aspecto horrible. Con ojeras, el pelo hecho un desastre y moretones ahí dónde las esposas habían apresado mis manos y tobillos.
Murmuré una excusa y fui al baño. Cuando llegué, casi me caigo de la sorpresa. La persona que devolvía el reflejo en el espejo no era yo, o al menos no quería creer que fuera yo.
Estaba demacrada. Agradecí silenciosamente que el camisón fuera de manga larga y que escondiera las marcas de las muñecas. Tomé una liga para el pelo (siempre llevaba una en mi muñeca) y traté de acomodarlo en una cola de caballo. Utilizando mis dedos como cepillo, por fin logré un desaliñado pero decente peinado. Dejaba al descubierto mi cuello, mejorando sólo un poco mi aspecto.
Salí del baño y llegué de nuevo a la sala. Lucian seguía ahí, sentado. Tenía algo en de expresión, algo diferente a la última vez. Me senté a su lado sin hacer ruido y recargué mi cabeza en su hombro. Sentía como si todo el peso de los últimos días se hubiera acumulado de repente.
Lucian extendió su brazo rodeándome y comenzó a acariciar mi rostro. Los pómulos, el cachete, la mandíbula.
-¿Quieres hablar de ello?- su tono era cálido, de preocupación.
-No, no realmente.
-Está bien. ¿Tienes hambre?
Como si hubiera leído mi mente, mi panza rugió en el momento exacto que él profirió aquellas palabras. Ya había comido antes de "el encuentro" pero eso mismo hizo que me siento era tan enferma que él hambre volvió a mí con mucha fuerza.
Solté una risita.
-¿Eso responde tú pregunta?
Quitó su brazo muy lentamente y me ayudó a ponerme de pie. Me guió a través de muchos pasillos hasta llegar a una cocina enorme. Nada que ver con la de la mansión de Sam. Aquella era rústica, pequeña y acogedora. Esta era todo última tecnología y enorme.
-¿Qué se te antoja?
-Hmm ¿pasta?
-Pasta será.
Comenzó a sacar cosas de todos lados. De las repisas, el refrigerador, volvía s las repisas, los cajones. Se movía expertamente mientras yo tomaba asiento en un taburete. Ofrecí mi ayuda y él me ofreció una tabla para picar y un par de jitomates. Me dispuse a realizar mi tarea. En casa, me encantaba cocinar con mi mejor amiga o con mi mamá. De pronto, sentí unas manos rodearme por la cintura. Paré todo lo que estaba haciendo y me concentré en sus manos tocándome. Era una sensación embriagadora el tenerlo junto a mí.
Sus labios estaban en mi cuello dando pequeños besos. Me estremecí ante su tacto. Extendió su recorrido hasta llegar a mi hombro. Ahí, jaló la manga hasta dejar expuesto mi hombro.
Y paró.
Se alejó de mí como si algo lo hubiera quemado. Y su respiración se volvió pesada. Volteé lentamente.
Su mirada era furiosa pero sobre todo, estaba dolido. Era como si lo hubiera traicionado o al menos así me hacía sentir su mirada. Y entonces me golpeó de pronto.
La cicatriz de cuando Sam me mordió. Estaba allí, en mi hombro, como un recordatorio palpable de que era suya.
Y entonces, una silla voló. Pasó justo frente a mí y se fue a estrellar contra lamentaba, haciéndola añicos. El pecho de Lucian subía y bajaba y supe, en cuestión de segundos, que se iba a transformar.
Y así fue.
Empezó a tomar un forma jorobaba. Sus manos y pies se extendían hasta formarse en garras y podía escuchar el sonido de sus huesos romperse, de la piel estirándose y de la ropa haciéndose jirones. Por fin, aquél lobo negro que vi por primera vez, me dedico una última mirada triste antes de desaparecer a través del agujero en la ventana.
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Tomada por la Bestia
Hombres LoboLa habitación está oscura. Trató de moverme para ver si hay alguna ventana para escapar pero las cadenas me lo impiden. Aprisionan mis tobillos y muñecas y me dejan extendida sobre la cama. Con un trozo de seda nada más cubriendo mi cuerpo. Siento c...
