Christopher Wells nunca pensó que April Jones quien es su mejor amiga, se volvería algo más para él. Luego de su "incidente" su amistad ya no volverá ser igual ¿o sí?
Melanie Wells nunca pensó que aquel chico quien ha sido su compañero de clases po...
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Melanie.
Siempre había imaginado cómo sería mi primer beso con mi amor platónico. Lo había recreado tantas veces en mi cabeza que casi podía sentirlo: sus manos en mi cintura, el mundo desapareciendo, fuegos artificiales estallando detrás de mis párpados cerrados. En mis fantasías todo era suave, perfecto, inevitable.
Pero la realidad nunca pregunta cómo la quieres.
Mi primer beso fue con el chico dark de mi clase, bajo las miradas burlonas de sus amigos. No hubo magia ni música de fondo, solo risas ahogadas y comentarios que aún me arden en los oídos. Fue torpe, inesperado y terminó convirtiéndose en el centro de un espectáculo que yo jamás quise protagonizar.
Completamente humillante.
Aun así, de esa vergüenza nació algo que no esperaba: una especie de impulso temerario, como si después de caer tan bajo ya no tuviera nada que perder. Así que hice lo impensado. Me armé de valor, respiré hondo, me obligué a dejar de temblar... y me lancé.
Besé a Jared Evans.
El mejor amigo de mi hermano. Seis años mayor que yo. El mismo que siempre me miraba como si aún llevara trenzas y rodillas raspadas.
¿Qué importaba la edad? Bueno... sí importaba. Si hubiese tenido treinta probablemente habría huido despavorida antes de siquiera pensarlo. Pero seis u siete años no son treinta. Seis años no deberían ser una muralla imposible... ¿o sí?
Lo besé.
Y él... me correspondió.
Ahí es donde empieza mi confusión.
Porque si me hubiera apartado de inmediato, si me hubiera rechazado, todo sería más sencillo. Podría culparme únicamente a mí por haber cruzado una línea invisible. Pero no lo hizo. Sus labios respondieron. Sus manos me sostuvieron con firmeza, como si durante ese instante no hubiera duda, ni diferencia de edad, ni la sombra de mi hermano entre nosotros.
Fue breve, pero real.
Y ahora estoy aquí, sentada en el asiento del copiloto de su lujoso auto, con el silencio más incómodo que he vivido jamás apretándome el pecho.
El motor ruge suavemente, pero dentro del vehículo todo parece congelado. El aire es denso, casi pesado. Yo mantengo la vista al frente, fingiendo interés en el paisaje que pasa borroso por la ventana, aunque en realidad solo puedo pensar en ese beso.
En cómo me sostuvo.
En cómo no me apartó.
En cómo, por un segundo, sentí que no era una niña.
Lo miro por el rabillo del ojo.
Su mandíbula está tensa. Demasiado tensa. Sus manos aprietan el volante con tanta fuerza que sus nudillos han perdido color, tornándose casi morados. Las venas de sus brazos están marcadas, rígidas, como si estuviera conteniendo algo... ¿ira? ¿culpa? ¿deseo?