Christopher Wells nunca pensó que April Jones quien es su mejor amiga, se volvería algo más para él. Luego de su "incidente" su amistad ya no volverá ser igual ¿o sí?
Melanie Wells nunca pensó que aquel chico quien ha sido su compañero de clases po...
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Christopher.
Son las diez de la mañana. Mi clase empieza en una hora y media, así que tengo tiempo suficiente para repasar los apuntes del examen. Intento concentrarme, pero mi mente todavía arrastra el peso de la conversación de anoche con Melanie... y la de hace unos días con mis padres.
Mamá fue quien llevó a Melanie al instituto. La casa está más silenciosa de lo habitual.
Cuando termino de prepararme para ir a la universidad, bajo las escaleras ajustándome la chaqueta. Encuentro a mi padre en el comedor, hablando por teléfono.
—No, eso no puede retrasarse —dice con tono firme—. Quiero los planos revisados antes del mediodía.
Está de espaldas a mí, con una mano apoyada en la cintura, la otra sosteniendo el móvil. Su postura es recta, segura. La misma de siempre.
Loris entra al comedor y empieza a retirar la loza sucia de la mesa. Me acerco para ayudarla.
—Gracias, joven Christopher —me dice con una sonrisa amable.
—No es nada, Loris.
Mi padre cuelga la llamada y se dirige a su despacho sin notar que lo observo. Lo sigo unos segundos después.
Está inclinado sobre el escritorio, revisando una carpeta entre una montaña de papeles perfectamente ordenados dentro del caos que solo él entiende. Lo miro en silencio y no puedo evitar recordar las incontables veces que lo vi amanecer ahí mismo: leyendo contratos, firmando documentos, hablando por teléfono, pensando en nuevas ideas para hacer crecer la empresa.
Siempre trabajando. Siempre sosteniendo todo.
—Papá.
Levanta la vista al escucharme y deja los papeles a un lado.
—Dime, hijo.
Respiro hondo antes de hablar.
—Quería disculparme... por la manera en que les hablé a ti y a mamá. —Bajo un poco la mirada—. Sé que para ustedes tampoco ha sido fácil. Mis pesadillas... todo esto.
Mi padre rodea el escritorio y se acerca a mí. Coloca una mano firme sobre mi hombro.
—No importa la edad que tengas —dice con suavidad—. Sé que ya no eres un niño, pero para mí siempre lo vas a ser, Christopher.
No puedo evitar sonreír.
—Vamos a volver a superar esto juntos, ¿ok? —añade—. Mi trabajo puede esperar. Ustedes no.
Y me abraza.
Es un abrazo fuerte, seguro. De esos que te recuerdan que, pase lo que pase, hay un lugar al que siempre puedes volver.
—Gracias, papá —murmuro.
Antes de irme, lo ayudo a buscar unos diseños que estaban dentro de una carpeta azul que, según él, "alguien movió de lugar". Mientras revisamos papeles, le cuento lo que pasó en la universidad hace unos días, cuando en una charla nos enseñaron cómo colocar un preservativo usando una banana como ejemplo.