Christopher Wells nunca pensó que April Jones quien es su mejor amiga, se volvería algo más para él. Luego de su "incidente" su amistad ya no volverá ser igual ¿o sí?
Melanie Wells nunca pensó que aquel chico quien ha sido su compañero de clases po...
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James Tanner.
Corre, James, corre... no te detengas.
"Tu padre hizo mucho daño..."
"Se enamoró de la mujer equivocada..."
"Nadie va a quererte por ser hijo de quien eres, James..."
Las voces no dejaban de perseguirme. Retumbaban dentro de mi cabeza una y otra vez, como si quisieran arrancarme la cordura. Corrí bajo la lluvia sin mirar atrás, tropezando con mis propios pasos, con el pecho ardiéndome y el aire atorándose en mis pulmones. Todo daba vueltas. Las luces, las calles, el sonido de la tormenta... todo se mezclaba hasta hacerme sentir que estaba cayendo en un abismo del que no podía salir.
Quería gritar.
Quería llorar.
Quería arrancarme aquellas palabras de la cabeza.
Pero no podía hacer nada.
"Eres igual a él..."
—¡¡NO!! —caí de rodillas sobre el césped empapado del jardín de mi abuela. El impacto me hizo jadear, mientras enterraba ambas manos en mi cabeza como si así pudiera detener el ruido—. ¡No soy igual a él! —grité con la voz rota, desesperada, ahogada entre el sonido de la lluvia.
Las lágrimas se mezclaron con el agua que resbalaba por mi rostro. Me abrazé a mí mismo con fuerza, temblando violentamente, sintiendo cómo algo dentro de mí se desgarraba sin piedad. Era un dolor insoportable, un vacío enorme abriéndose paso en mi pecho, devorándome desde dentro.
No podía respirar.
No podía pensar.
Tenía miedo.
Un miedo horrible.
Porque por primera vez dudaba de mí mismo.
Porque una parte de mí comenzó a preguntarse si aquellas personas tenían razón.
—¿Niño, qué haces debajo de la lluvia?
Levanté la mirada lentamente. Mis labios temblaban sin control y la vista se me nublaba entre lágrimas. Eich estaba frente a mí, sosteniendo un paraguas sobre ambos. Su expresión cambió apenas me vio.
—Ey... mírate... —murmuró con preocupación, inclinándose para tocarme.
Antes de que pudiera hacerlo, sujeté su muñeca con fuerza.
Demasiada fuerza.
Mis dedos temblaban.
Mi respiración era un desastre.
Y entonces lo entendí.
Todo este tiempo él lo había sabido.
Por eso insistía tanto en que me alejara de Melanie.