Capítulo 22.

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Christopher Wells

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Christopher Wells.

Habíamos llegado hacía más de media hora, pero el tiempo parecía haberse detenido en ese pasillo frío del hospital. Nadie salía. Nadie decía nada. Y el silencio comenzaba a volverse insoportable.

Lo único que sabía era lo que el paramédico había alcanzado a decirme antes de desaparecer tras las puertas: un esguince en el tobillo derecho. Nada más. Nada suficiente.

No era suficiente.

—¡¿Por qué nadie sale y me dice cómo está mi hija?! —rugió mi padrino, con la voz cargada de rabia y desesperación.

Mi padre intentó calmarlo, posando una mano firme sobre su hombro antes de llevárselo unos pasos más allá. Sus voces bajaron a un murmullo tenso, como si cualquier palabra más alta pudiera romper algo más que el silencio.

Saqué mi celular con manos temblorosas y le escribí a Jared. Sabía que no podía venir, que estaba cuidando a sus hermanos, pero aun así... necesitaba decirle a alguien lo que me estaba consumiendo por dentro.

Chris:

Aún no han dicho nada... todo esto es mi culpa.

La respuesta no tardó.

Jared:

Nada de lo que pasó es tu culpa. Fue un accidente, Christopher.

Apreté el celular con fuerza, pero sus palabras no lograban atravesar la culpa que me oprimía el pecho.

Me dejé caer contra la pared hasta quedar sentado en el suelo, con la espalda apoyada y la mirada perdida. Sentía que en cualquier momento todo se me iba a venir encima.

Mi madre apareció frente a mí y se agachó, tomando mis manos entre las suyas con suavidad.

—Es mi culpa, mamá... —murmuré, con la voz quebrada.

—No, hijo —respondió con firmeza, aunque su mirada también estaba cargada de miedo—. Fue un accidente. Ya verás que April y el...

Se detuvo en seco.

Fruncí el ceño, levantando la mirada hacia ella.

—¿Qué ibas a decir, mamá?

Ella no respondió de inmediato. Solo se inclinó para besarme la mejilla, como si con eso pudiera evitar la pregunta.

Y eso fue lo que terminó de inquietarme.

En ese preciso instante, las puertas se abrieron y un doctor salió acompañado de una enfermera. Me puse de pie de golpe, sintiendo cómo el corazón me golpeaba con fuerza contra el pecho. Mi madre hizo una seña rápida para que mi padre y mi padrino se acercaran.

—¿Familiares de April Jones? —preguntó el doctor.

—Soy su novio —respondí sin pensarlo.

Sentí las miradas clavarse en mí. La sorpresa de mi madre, el silencio tenso de mi padre y mi padrino. Pero no me importó. No en ese momento.

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