Christopher Wells nunca pensó que April Jones quien es su mejor amiga, se volvería algo más para él. Luego de su "incidente" su amistad ya no volverá ser igual ¿o sí?
Melanie Wells nunca pensó que aquel chico quien ha sido su compañero de clases po...
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James.
Meto una de mis manos en los bolsillos de mi pantalón negro mientras que con la otra sostengo una bolsa llena de comida casera que preparó mi abuela y una botella de vodka. El plástico cruje levemente con cada paso que doy.
La noche está fría.
El viento arrastra polvo entre las ruedas oxidadas de los remolques y hace golpear algunas láminas sueltas de metal. Camino por el largo barrio de casas móviles, ese lugar que siempre huele a humedad, gasolina vieja y resignación. Algunas luces están encendidas detrás de cortinas amarillentas; sombras de gente que vive sobreviviendo día a día.
Cuando encuentro el remolque de mi amigo, golpeo la puerta un par de veces con los nudillos.
Nada.
Golpeo otra vez.
Silencio.
Frunzo el ceño.
—Genial... —murmuro para mí mismo.
Dejo la bolsa frente a la puerta junto con la botella, acomodándolas contra la madera desgastada. Cuando estaba a punto de darme la vuelta y marcharme, escucho su voz a mis espaldas.
Grave.
Arrastrada.
Y con ese tono burlón que siempre tiene.
—¿Me extrañaste, niño?
Sonrío de lado y me giro lentamente hacia él.
—Creí que ya te habías olvidado de mí, James.
Ahí está.
Eich Madden.
Alto, desgarbado, con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta gastada. Ya está oscureciendo, la luz amarillenta del poste cercano cae justo sobre su rostro, iluminando la cicatriz que atraviesa su ojo derecho como una grieta mal cerrada.
Durante un segundo lo observo en silencio.
—Siempre siendo un dramático de mierda, Eich.
Él se acerca sin prisa y termina apoyándose contra la valla de madera que rodea el pequeño terreno, mirándome con esa atención incómoda que parece atravesarte la piel.
—Te traje comida y tu bebida favorita.
Imito su postura apoyándome también contra la valla.
Su mirada baja hacia la entrada de su hogar.
La bolsa.
La botella.
Y luego vuelve a mí.
—¿Acaso crees que soy tu perro al que tienes que alimentar, niño?
No hay emoción en mi rostro.
Me separo de la valla, tomo la bolsa y la botella y doy medio paso para irme.