Christopher Wells nunca pensó que April Jones quien es su mejor amiga, se volvería algo más para él. Luego de su "incidente" su amistad ya no volverá ser igual ¿o sí?
Melanie Wells nunca pensó que aquel chico quien ha sido su compañero de clases po...
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James Tanner.
Llevo más de una hora despierto, tumbado sobre la cama, observando en silencio cómo Melanie dormía de espaldas a mí. Su cabello castaño se extendía desordenado sobre la almohada y parte de mi pecho, rebelde, suave, real. Sonreí por quinta vez en toda la mañana, todavía incapaz de creer que aquello no había sido un sueño cruel del que despertaría tarde o temprano.
Ella estaba ahí.
Conmigo.
¿Así se sentía despertar junto a la persona que amas?
<<Eso que sientes es felicidad...>>
Fruncí apenas el ceño ante aquella voz en mi cabeza.
¿Felicidad?
<<No le tengas miedo al amor, James... no esta vez.>>
Anoche apenas pude dormir. Permanecí despierto durante horas, mirando el techo, escuchando su respiración tranquila a mi lado, tratando de entender cómo una sola persona podía traer tanta calma a un corazón que llevaba años acostumbrado al caos.
Porque Melanie era eso.
Un respiro.
La esperanza en medio de toda la oscuridad que había aprendido a cargar dentro de mí.
Cuando despertó cerca de las dos de la madrugada, se levantó medio dormida para tomar una ducha. Escuché el agua caer mientras yo permanecía acostado, pensando que nunca había deseado tanto quedarse atrapado en un instante.
Volvió minutos después, todavía somnolienta, y se acomodó nuevamente a mi lado usando únicamente sus bragas. La tenue luz que entraba por las cortinas se deslizaba sobre su piel desnuda, suave, cálida, imperfectamente perfecta.
Contuve el aliento.
Mis dedos recorrieron despacio su espalda, apenas rozándola, como si temiera romper aquel momento. Memorice cada detalle de ella: la curva de sus hombros, la delicadeza de su cintura, el leve movimiento de su respiración. Bajé lentamente siguiendo la línea de su columna, delineando cada vértebra con una mezcla peligrosa de deseo y ternura.
Jamás había tocado a alguien con tanto cuidado.
Como si mi corazón estuviera escondido en la punta de mis dedos.
—Ey... —murmuré junto a su oído, con una sonrisa inevitable—. Es hora de despertar, Wells.
—No quiero... —protestó con la voz ronca por el sueño.
Se acomodó boca abajo, hundiendo más el rostro en la almohada y regalándome una vista mucho mejor de su trasero. Solté una risa baja, negando con la cabeza.
—Aún es temprano...
Miré la hora en el reloj de mi mesa de noche.
Pasaban de las diez de la mañana. Dudaba mucho que le hiciera gracia descubrir las llamadas perdidas de sus padres y de su hermano.