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Un, dos, tres escalones. Metí la llave en la cerradura de la puerta y no tenía doble seguro. Mi mente comenzó a trabajar. Recordé, y, según yo, sí le había puesto cuando salí. Me asusté lo suficiente como para que mis manos comenzaran a sudar y se incrementara la rapidez de los latidos de mi corazón. ¿Un atraco? No, por favor no. ¿Además, qué podrían robarme?  Pensé un momento. Mierda. Abrí despacio y entré lentamente. Sentí que iba a llevarme una sorpresa; una casa vacía o algo mucho peor.

Pero no.

Sí me sorprendí, pero no por un robo precisamente.

—¡Alfredo! – grité, y me lancé a sus brazos cuando se levantó del sofá.

—¡Alan! – dijo de igual manera. – Te extrañé mucho, idiota.

Lo abracé fuerte por unos segundos, y luego me zafé del agarre. Hice un gesto de molestia. Lo empujé suavemente.

—¡Tú eres el idiota! ¿Por qué no me avisaste que regresabas ya? Casi me orino cuando llegué.

—Niña paranoica, como siempre. Quería darte la sorpresa, aunque pensé que sospecharías.

—Pues no lo hice, y no soy una niña paranoica – me defendí.

Freddy rió y volvió a sentarse en el sofá. También lo hice y me posicioné a su lado.

—¿Qué tal estuvo todo por allá? — agregué. — ¿Ya comiste? ¿Te diste un baño? ¿Conseguiste novia?

—Hey, tranquilo — suspiró. — Muy bien, aunque, la verdad, prefiero mil veces estar aquí. No logré acostumbrarme del todo. Pero todo bien, fue como estar de vacaciones por seis meses.

—En realidad sí estuviste de vacaciones por seis meses – reí.

—Como sea – hizo un ademán con sus manos. – Tomé un par de galletas del estante y no me he duchado todavía. ¿Se nota mucho? – olió su propia camisa – Y no, no he conseguido novia, pero conocí a varias chicas.

— ¿Varias chicas? Interesante.

—En realidad, no mucho.

— ¿Sexo? – hice un gesto pícaro.

—Salvaje, por supuesto. Pero nada más.

—Por un momento olvidé que tú nunca pierdes el tiempo, Alfredo.

—Cuénteme sobre usted. ¿Qué fue de su vida sin mí, señor Navarro?

—Me gradué, estoy a punto de entrar a trabajar.

—Eso ya lo sé. Me refiero a todas esas cosas que no se cuentan por teléfono, ya sabes. – alzó sus cejas varias veces.

—No soy como tú – golpeé su hombro. Intenté recordar por unos segundos algo que no le haya contado ya. – Pues, creo que no, nada.

Entrecerró sus ojos, como si dudara. Levanté mis hombros. 

—Siento que escondes al...

—Para nada – lo interrumpí. - ¿No quieres darte una ducha?

—¿Tal mal me veo?

—Es sólo atención. Te trataré como una princesa hoy. Pero sólo lo que queda del día y porque acabas de llegar. Mañana regresas a tu rutina como amo de casa.

—Lo que diga, señor – bufó – pero acepto sus buenos tratos, aunque sea algo temporal. Iré a ducharme.

Puso una mano en mi hombro y lo palmeó, para después levantarse y dirigirse a las escaleras. Subió rápido, de dos en dos, mientras silbaba una canción que no logré detectar. Honestamente, sí extrañaba al chico.

abreacción. - jnHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora