2. Verdades y Mentiras

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Con mucha dificultad Scott viajó a la casa de Janices y Fred, padres de Leslie. La nieve y la hora que era, le estaba siendo de obstáculos al momento de guiar. Scott de tan alerta y preocupado que estaba, por que no les pasara algo y tuvieran un accidente, se le había espantado la borrachera que tenía.

-Leslie sal del auto- pidió Scott cuando ya estaba estacionado frente a la casa de Leslie.

-Cinco minutos más- suplicó ella entre dormida y despierta.

-No, levántate o llamaré a Fred para que te busque- dijo sabiendo que ella le tenía un gran respeto a su papá y que él la viese así sería puntos restantes ante él.

-¡Ya estoy despierta!- gritó despertándose al tiro. Demás está decir que se mareó al instante y vio como Scott se convertía en dos Scott.

-Shhhh, despertaras a medio mundo.- dijo mientras la ayudaba a salir del auto.

Sostuvo a Leslie de la cintura ignorando olímpicamente el calor de esta. Si quería que todo estuviese bien entre ellos debía pasarlo por alto aunque le costase. La luz del pórtico se encendió y él maldijo entre dientes. Lo último que quería era que Janices o Fred los viera en ese estado.

-Pillados- susurró Leslie en la cara de Scott.

-Esto es muy malo. Me asesinarán y tirarán mi cuerpo al río- dijo dramático Scott.

Sabía que ellos a pesar de que lo amaban como a otro hijo, podían ser unos sargentos a la hora de ser rectos. Y lo que menos quería es que tuviesen un motivo para enojarse con él. Sí, porque al tratarlo como hijo consistía también en que lo regañaban igual o peor que sus propio padres. Para su buena suerte fue Liam, quien tenía quince años, que abrió mientras reía al ver el estado de su hermana mayor.

-Gracias a Dios eres tu- agradeció enteramente mientras entraba tratando de hacer el menor ruido posible.

-No agradezcas tanto. Mamá está en la cocina- dijo y dirigió la mirada a la cocina.

-Hooola enanito- balbuceó Leslie mientras le apretaba los cachetes.

-Aja loca- dijo Liam refunfuñando y rodando los ojos. Odiaba que Leslie lo llamara enano, sí era bajito de estatura pero no era que parecía un duende.

Aunque sea imposible de creer Leslie y Liam se llevaban más que bien. No es que siempre llovieran los abrazos, mimos, besos entre ellos pero eran los mejores hermanos. Liam, por su hermana haría lo que fuera por tenerla a salvo y ni que decir de Leslie, ella protegía a su hermano a capa y espada.

-Cariño que bueno que llegaron. Ya estaba preocupada.- dijo Janices mientras veía desde la cocina como Scott dejaba a Leslie en el sofá de la sala.

-Perdón por traerla así pero se me salió de las manos- se excusó Scott caminando hacia la cocina.

Aún seguía nevando y era muy peligroso salir bajo ese clima. Scott se había hecho a la idea de que tendría que guiar hasta su casa. Pero no contó con que Janices le suplicara que se quedara para evitar cualquier accidente.

-No puedo dejar que salgas con este clima. Llamo ahora a Michelle y le diré que te quedarás- dijo ella tendiéndole una taza de café. Scott solo asintió.

Luego de varios minutos Scott echó a su cuerpo el cuerpo de Leslie para poder llevarla a su habitación. Liam lo ayudó por exigencias de su madre. Liam abrió la puerta de la habitación de Leslie y Scott entró con ella sin dejar de balbucear graciosamente. El adolescente los dejó luego de que Leslie hubiese atrapado con sus brazos a Scott, quien cayó encima de ella.

-Eres un...diota- balbuceó Leslie mirando a Scott fijamente.

Scott solo se quedó callado a lo que ella dijo. No iba a llevarle la contraria a una persona borracha, como Leslie estaba. Trató de levantarse pero las manos de ella aferradas a sus bíceps se lo impedía. Sabía que lo era, era un idiota por no decirle lo que sentía pero no podía hacer nada. A menos que la verdadera razón por la que lo llamase así era porque ya ella sabía que se iría muy pronto de Nueva York.

Nuestra jugada perfectaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora