Capítulo XIII. Navidad

175 23 2
                                        

Navidad, 2003.

¿Las personas pueden sentirse plenas en cuestión de casi un mes? No había pasado mucho tiempo de que esa sirena apareciera en la puerta de mi hogar, de forma casi repentina, instalándose en mi departamento para entonces comenzarlo  a llamar "nuestro hogar". Y ahí estábamos, compartiendo el mismo lecho, bajo las mismas sábanas de color durazno con Rocko a nuestros pies. Compartíamos las comidas, sus preocupaciones y mis inquietudes; el desfase de cuentas y los ajustes que arreglaba mientras ella se empeñaba en conseguir algo. Aquel mes había sido largo, duro, pero bello. A veces, lo más bello no está excento de dolor, de pruebas.

Acostumbrarse a vivir con alguien es difícil. Más aún cuando la otra persona nunca había tenido tanta libertad y no parece muy segura de cómo actuar ante ello. Para Mariana, todo era nuevo: hacerse cargo de  sí misma era definitivamente una tarea  aterradora; para mí, hacerme cargo de algo a lo que comenzaba a llamar "hogar" e iba más allá de gastos o preocupaciones no dejaba de ser inquietante. Quería que ella supiera que podía contar conmigo siempre y, pese a ello, por la noches no podía evitar pensar si acaso no éramos demasiado jóvenes, si ella no era aún una niña que se saltaba etapas.  Y sí, estaba seguro de que ella era La mujer de mi vida, pero si había llegado de un modo tan improvisto, ¿realmente las cosas podrían funcionar? Tenía miedo.  El ser abandonado de nueva cuenta por un ser extremadamente amado me aterraba.

Mariana pronto consiguió un empleo como mesera en un restaurante cercano a mi trabajo. Entraba temprano por la mañana y sus turnos terminaban generalmente a media tarde, entonces aprovechaba para estudiar un poco en casa. Habíamos adoptado un sistema de división de tareas, por lo cual rara vez podría sentirse esclavizada, pues yo estaba seguro de querer una pareja, no una esclava: yo cocinaba, ella limpiaba la modesta vajilla; yo podía hacerme cargo de la ropa sucia y ella, de acomodar todo en su sitio.

Lo más dificil era, sin embargo, dormir a su lado. No podía dejar de observarla por las noches, su rostro sereno, en total paz y a veces una sonrisa soñadora. El cabello largo desparramado por su espalda en finas ondas oscuras y su cuerpo desnudo, perfecto, con aquellas curvas que me desquiciaban. En ocasiones, temía que pudiera irse, que aquello que poco a poco íbamos construyendo fuera sólo un castillo en el aire.

Un mes y nuestra vida había cambiado radicalmente. Por aquella época, realmente pensaba que mi vida comenzaría a mejorar a partir de entonces. Quería trabajar más para poderle evitar el desgaste a ella, pues pronto comenzaría la universidad y para mí, que había vivido más o menos aquella etapa tranquilamente, era necesario que ella pudiera vivir de una manera similar. Sentía que mi deber era protegerla de todo, ante todo.

Aquella navidad, el frío en la ciudad  calaba hasta los huesos. Tiritando, había ido de excursión por algunas tiendas del viejo centro histórico de la ciudad, buscando un regalo para Mariana. Mirando los montones de escaparates brillantes, los cientos de olores navideños y el estruendo de la gente, sonreí: nuestra primera navidad, la primera de las muchas que nos esperaban. En realidad, me emocionaba la perspectiva de pasar a su lado toda mi vida.  Me había aislado de mi familia nuevamente, para poderme encargar de lo que ahora consideraba era mi propia familia: ante mi se encontraba la oportunidad de crear una familia que no se fragmentara como la mía se había roto, quería ser lo que mi padre  no había sido.

Salí de una bonita joyería con un pequeño envoltorio en la bolsa del abrigo y un paquete en la mano izquierda. Sonreí. Para mi, la vida por fin mejoraba y todo era gracias a ella. Con aquel extraño positivismo me dirigí a casa.

La encontré al pie del pequeño arbolito navideño que compráramos días antes, llenándolo de esferas de colores brillantes, moños brillantes, dulces y luces mientras Rocko se hallaba echado a sus pies, durmiendo como un bebé. Ese animalito se rendía ante sus encantos notoriamente, no se separaba de Mar nunca.

-¿sabes que con sólo tu presencia logras que sea navidad para mi, todos los días?- le pregunté coquetamente mientras me quitaba el abrigo para dejarlo en el sillón cercano a la puerta y ella se levantaba, con una radiante sonrisa para caminar en mi dirección. La miré satisfecho: como un ángel, envuelta en un bonito vestido rojo a la rodilla con un lazo brillante enmarcando su esbelta cintura.

-¿te gusta la navidad?-contestó ella inocente, mientras se dejaba rodear por mis brazos y yo depositaba besos en sus mejillas coloradas y recorría con mis manos su cadera y su espalda. Mariana era cálida, suave. Fingí reflexionar un momento; Mariana pasó sus torneados brazos por mi cuello, mirándome, batiendo encantadoramente sus largas pestañas.

-No tanto como tú; pero si fueras un día del año, probablemente serías navidad. -le contesté traviesamente mientras Mariana reía. La levanté en mis brazos ignorando sus protestas y carcajadas y caminé dando largas zancadas hasta nuestra habitación.. La tiré en la cama, tumbándome a su lado. Recorrí con la mano, en silencio, sus piernas, su cintura.-Amo la navidad, te amo tanto, pequeña.

Mar se sonrojó visiblemente. Toda ella era, en ocasiones, una pequeña dama, educada, cortés y tímida.  Me incliné para besar la punta de su nariz, recargando con suavidad una mano en su cadera, para después dirigirme hacia su cuello, depositando besos y pequeños lengüetazos en él, sintiendo su piel estremecer con mi contacto.

-Y definitivamente, también eres mejor que las cenas de navidad...y soy muy selectivo con la comida, ¿sabes?.

-¿entonces sólo soy una comida más?- Me preguntó, fingiendo indignación y poniendo sus pequeñas manos en mi pecho, alejándome. Reí. Subí con cuidado encima de ella, tomando sus muñecas con las manos y dejándolas encima de su cabeza. La miré serio y me incliné nuevamente, acercándome a su oreja derecha. Podía sentir su nerviosismo y su excitación a partes iguales mientras depositaba besos por el lóbulo de la oreja.

-No, eres la mujer de mi vida. El mejor de los regalos que podría haberme hecho la vida, mejor que la navidad y los postres más exquisitos.-susurré en su oído.Mariana temblaba. Me incorporé para continuar dejando un camino de besos por todo su cuello, y por el delicado contorno de su mentón hasta llegar a su boquita y morder seductoramente su labio,para besarlo después. Mariana gimió quedito. Poco a poco había aprendido cada uno de los pequeños puntos que al besar o tocar la dejaban dispuesta para mi, vulnerable, deseosa de ser amada. Y yo, por supuesto, no perdía oportunidad para demostrarle lo  mucho que la amaba y deseaba de ese modo.  Volví a besar su mentón y me dirigí hacia su clavícula, lamiendo despacito ese pedacito de piel que me volvía totalmente loco. Aspiré su aroma dulce y escuché un gemido nuevamente. Entonces me levanté, liberándola de mi peso, dejándola sonrojada y claramente contrariada. Volví a reír mientras me miraba, intrigada.

-¿No quieres cenar?-pregunté mientras se ponía de pie, acomodando aquel bonito vestido que contrastaba a la perfección con su piel de bronce.-Además hoy tenemos que abrir los regalos, nena.

Mariana se lanzó contra mi espalda, abrazándome con fuerza. Sostuve sus brazos en mi pecho, con el corazón latiendo fuerte, latiendo por ella, por nosotros, por nuestro futuro y esperanzas.

-Un día aprenderé a cocinar. Mira que haberlo dejado todo listo para hoy, Rodo...le quitas la emoción al día.-comentó ella en voz bajita, sacándome una carcajada. En efecto, había dejado todo listo sólo para meter al microondas las porciones deseadas, pero había aprendido ya, en no pocas ocasiones, que Mariana era y sería siempre un desastre en la cocina, pese a tener siempre las mejores intenciones.

-No es necesario. Me encanta cocinar para ti, princesa.- Tomé una de sus delicadas manos para besar el dorso y luego caminar juntos a la cocina. Moría por darle aquel obsequio tan especial, tan lleno de promesas.

*****************************************************

Ya sé, ya sé, digo que pronto y nada. Pero seguía viviendo en la Edad Media (literalmente) y pues...recibí demasiados golpes, apenas me estoy recuperando del cansancio.

:) gracias por leerme.




A Fuego LentoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora