Marzo 2004
Cuando más alto vueles, más dura será la caída; esto es como una especie de profesía dramática que nos condena en casi todos los aspectos de la vida. Cuando más te encariñes con lo que tienes, la vida se empeñará en quitártelo. Hay dos opciones: llorar frente a las decepciones y los golpes que el destino te da en las bolas, o tomar lo mejor de ello para aprender.
Mariana se esforzaba mucho en el colegio para sostener su beca y continuar con sus estudios recibiendo la menor ayuda económica de mi parte para ello. Quería sentirse autosuficiente y yo no interfería en sus desiciones: me enorgullecía que aquella muchacha que tan tímidamente había llegado a mi puerta hacía unos meses, se convirtiera poco a poco en una mujer fuerte con todo un futuro por delante. Recién habíamos recibido la primavera y disfrutábamos algunos días de calor por la vieja plaza cerca de casa; pese a que el trabajo me tenía asfixiado, encontrába el tiempo para consentir a mi flamante prometida, disfrutando de su cabello ondeando al viento, del sol reflejándose en su piel de bronce y el sonido de su risa o admirar su expresión reflexiva al mirar alguna pieza en los museos o su sonrisa al admirar la arquitectura de la ciudad.
Con aquel regocijo que me causaba pensar en ella, la sensación de mi corazón latiendo fuerte por ella y mi secreta satisfacción de encontrarla sentada a la mesa bebiendo café por las noches cuando llegaba a casa, me impulsaban a trabajar con ahínco todos los días. Estaba aprendiendo mucho: el cambio de cocinero a subchef me había traído un sinfín de trabajo, pero también nuevas experiencias: desde el organizar toda la cocina, hasta los horarios de la repartición de los suministros, que yo recibía a diario en ausencia del chef, supervisar los puestos de los cocineros y el comunicarme con los comensales, pues el chef rara vez salía a dar la cara ante las felicitaciones.
Mi ambiente era ese: pasear entre las islas, revisando los platos, decorando y mejorando detalles. David, el chef, en ocasiones me pedía mi opinión para los nuevos menús. Era un tipo simpático,español residiendo en México, buscando nuevos sabores y experiencias antes de volver a su país para poner su propio restaurante a mediados de año.
-Oye, Rodrigo, ¿No te gustaría expandir tus horizontes?-preguntó un día, mientras revisábamos en su oficina algunos pendientes.
-¿En qué sentido, chef?- inquirí mientras me enderezaba en mi asiento y tallaba mis ojos, descansando la vista.
-Pienso que tienes mucho talento...¿no te gustaría venir a Madrid, conmigo? Los trámites ya casi están, también están ambientando el local y las invitaciones para la inauguración.-Me contestó mientras abría uno de los cajones del escritorio, hurgando en ellos hasta sacar una especie de cuadernillo y lo estiraba en mi dirección. Lo tomé para revisarlo, en tanto que David me miraba con sus ojillos castaños brillando de emoción.
Aquel cuadernillo tenía la información referente a su restaurante: planos del local, el acomodo de la cocina y los servicios; los menús, descripciones y presupuestos. También láminas con ilustraciones de la ambientación que tendría el sitio, moderno y elegante y algunos montajes en tercera dimensión para apreciarlo mejor. El buen gusto destilaba por cada línea: se dedicaría a la cocina fusión, vanguardista.
-¿Qué piensas? Puedo ayudarte con el hospedaje, el sueldo se te duplicaría. Mi socio quiere tener todo listo a mi llegada; por supuesto, la experiencia que obtendrías allá te ayudaría mucho si es que quieres abrir un día tu propio restaurante.-Comentó David, cruzándose de brazos y mirándome intensamente.
-Vaya, chef...no sé qué pensar, es un honor que piense en mí-contesté mientras le devolvía el cuadernillo.-pero no creo que me sea posible...
-si es por el dinero del vuelo,no te preocupes, podemos arreglarnos con ello. Tienes tiempo para sacar tus documentos. Me pienso ir en un par de meses, lo sabes. Tienes futuro y me agrada como trabajamos juntos...¿o no te agrada mi manera de trabajar?- preguntó David.
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A Fuego Lento
RomantikElla constituía una verdadera fuente de alegrías y sonrisas para lo que siempre consideré un corazón muerto, un cuerpo sin vida, un autómata sin destino. Venía corriendo a mis brazos a la primera oportunidad; los amaneceres más bellos se resumían a...
