Abril, 2004.
Desperté al sentir su aliento fresco en mi cuello y su peso al sentarse encima mío. Su cabello alborotado caía libre enmarcando su rostro, medio oculto al besar con insistencia mi clavícula. Sus besos eran distintos, como si en cada pequeña lamida, en cada mordida me exigiera algo que no podía descifrar en aquel momento.
-Buenos días.-Saludé mientras me incorporaba, tanteando con mis manos su redondo trasero que se movía contra mi pelvis. Ella se levantó para mirarme fijamente a los ojos. Noté que en algún momento de la noche había decidido cambiarse la ropa quizá para tentarme, o para estar más cómoda, por una simple playera larga y holgada; palpé su trasero y sentí la ausencia de lencería. Sonreí idiotizado y me aferré a su cintura, dejándome hacer.
-Buenos dias...-respondió y sin mediar palabra depositó un beso hambriento en mis labios. Me levanté un poco, obedeciendo sus mudos mandatos, para permitir que me quitara la playera; Recordé que había caído rendido tal cual llegué en la noche al abrazarla, preocupado por ella. Mariana bajó por mi pecho, dejando un camino de húmedos besos, incendiando mi anatomía con cada respiración. Sus manos paseaban por mis hombros y mis brazos desnudos.
Tomé su rostro para besarla, gratamente sorprendido por la sorpresa que había decidido darme. Supuse que todo estaba bién ahora. Ella correspondió con ferocidad mis besos, mordiendo mi labio inferior; podía sentir su respiración pesada y ansiosa. Mariana bajó las manos por mi torso hasta encontrar mis pantalones y con pericia soltó el amarre del cinturón y el cierre de la pretina, palpando mi miembro, notablemente excitado.
Sin dejar de besarme, comenzó a acariciar por encima del bóxer mi virilidad, con urgencia. Levanté mi pelvis y con un tirón de las manos y un poco de impulso me saqué los pantalones, mientras ella se deshacía del resto, dejándome desnudo para ella. Solté un gemido de placer ante aquel comportamiento ligeramente agresivo de su parte; mi miembro palpitaba, excitado ante sus caricias, algo toscas.
Mariana se detuvo un momento, para mirarme intensamente a los ojos. Por mi parte, elevé mis manos hacia sus montículos, amasándolos por encima de la playera, pellizcando un poco sus pezones endurecidos. Ella se levantó un poco, y con una pericia inusitada se deslizó sobre mí, penetrándose sola.
Ambos suspiramos pesadamente. Mientras amasaba uno de sus pechos, con la otra mano acariciaba su delicado cuello y su rostro sonrojado. Ella me miró y recargó ambas manos en mi pecho, para luego empezar a moverse con fuerza encima mío. Ella marcó el ritmo y lo seguí gustoso, dispuesto a complacerla. Mar movía la cadera en circulos y de arriba hacia abajo, dejándome entrar profundo. Podía sentir cada pliegue de su cuerpo, sentirme en casa, seguro dentro de ella; me sentía vibrar ahí, en aquella cavidad.
Ella gimió con suavidad y me atrajo hacia ella, para depositar un beso en mis labios y luego abrazarme con fuerza, sin dejar de moverse. Nos aferramos el uno al otro, mientras que afuera, la ciudad comenzaba a despertar lentamente. La vida parecía fluir como siempre, pero nosotros nos hallábamos inmersos en la pasión desbordada y las exigencias silenciosas de nuestros cuerpos moviéndose al unísono cada vez con mayor velocidad.
Podía escuchar nuestras respiraciones pesadas, los gemidos de Mariana y los míos propios. Sus manos arañándome la espalda. Mis manos aferradas a su cadera, poseyendola, intentando entrar más en el laberinto de su cuerpo hasta que el inevitable momento llegó y así, abrazados, vacíamos nuestra pasión juntos.
Permanecimos un rato más así, unidos. Ella recargó la cabeza en mi pecho y yo deslizaba perezoso las manos por su espalda.
-Princesa, hay algo que debo contarte.-le dije después de recuperar un poco la cordura. Mariana se incorporó para mirarme a los ojos con un brillo extraño que no podía descifrar.
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A Fuego Lento
RomanceElla constituía una verdadera fuente de alegrías y sonrisas para lo que siempre consideré un corazón muerto, un cuerpo sin vida, un autómata sin destino. Venía corriendo a mis brazos a la primera oportunidad; los amaneceres más bellos se resumían a...
