Capítulo XXIV

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-Eres un maldito necio, Rodrigo...¿no aprendes?-preguntó Ramón mientras soltaba una carcajada y bebía otro sorbo de cerveza. Rodrigo lo observó, malhumorado. Poco había cambiado en cuestión de carácter aquel amigo suyo, el único que conservaba; era un tipo bonachón y barba que, con el paso de los años y las nuevas obligaciones, cambió la larga cabellera azabache por un corte de cabello más conservador. Sin embargo, su maldito sarcasmo parecía aumentar con el tiempo.

-No me jodas, Ramón...-Contestó Rodrigo, recargándose en el asiento, cruzando los brazos y fijando la vista en la pantalla má cercana a su mesa, donde un video de alguna vieja banda gótica se proyectaba.

-Es que, en serio, no te entiendo. Pasaste diez putos años quejándote de una tipa que te dejó, tirado y a tu suerte, sin decir "agua va" y ahora regresas y dices que la encontraste de nuevo, que siempre no la odias y que quieres estar con ella. ¿Dónde se quedó tu congruencia, carajo? ¿Ya se te olvidó como te saqué de tu caa después de que se fue? Porque a mi no, ¿eh?.

Rodrigo gruñó, pasándose la mano por el cabello. En realidad, él tampoco entendía lo que sucedía consigo mismo. Pensó que si algún día se reencontraba con Mariana, querría vengarse, que el odio que alimentaba día con día se desataría contra ella. Sin embargo, su cerebro y su corazón habían conspirado para que el segundo cayera rendido, de nuevo, ante ella mientras el primero parecía irse de vacaciones.

Dos semanas habían pasado desde que le había pedido, casi impulsivamente, la oportunidad de sentir de nuevo, de entrar a su vida. Cada día, se levantaba ansioso por empezar su rutina. Comenzaba temprano recibiendo las provisiones para el restaurante, supervisando a los cocineros en el eterno vaivén de las sartenes y ollas, con su voz imperiosa resonando en ese, su territorio. Pese al estrés que ahí se vivía, una sensación de calma se había instalado en su pecho. Por las tardes, la buscaba en su clínica, donde la esperaba al salir. Sin embargo, ella no era la chiquilla de la que él se enamorara años atrás, pero aquello parecía no importarle.

Mariana era una mujer diferente.

Rapidamente, con los días, había conocido a una mujer elegante, de andar enérgico que emanaba sensualidad con cada paso que daba. Era reservada, no acostumbrada a dar grandes explicaciones de lo que hiciese; se limitaba a escuchar, siempre con atención, mientras Rodrigo hablaba. Sin embargo, pese a esa imagen de fortaleza, Rodrigo había encontrado a una mujer ciertamente frágil, que construyera una armadura para protegerse incluso de sí misma.

Esa mujer, tan diferente, que conservaba poco de la joven Mariana, lo conquistaba. Lentamente, dejaba ver nueva facetas suyas. Tomando café, con el rubor permanente en las mejillas ante la mirada escrutadora de Rodrigo; caminando juntos por las viejas calles del centro histórico de la ciudad, como dos viejos conocidos o visitando algún restaurante elegido a detalle por Rodrigo para sorprenderla. En ocasiones, sabiéndola cansada, se limitaba a recogerla en la clínica con un ramo de girasoles para escoltarla a su casa y asegurarse que Mariana entrara a casa con su tímida sonrisa en los labios. Poco a poco, había logrado por fin escuchar su risa, mirar la sonrisa escarlata de la morena mujer que poco o nada sabía de coqueteos, y eso era lo que a él lo seducía.

Él, acostumbrado a los juegos de seducción directos, sin palabrería de las tantas mujeres que compartían ocasionalmente su lecho, se regocijaba frente al rubor de Mariana, de su mutismo y sus andares nerviosos.

-Rodrigo...¿no me escuchas?-la voz de Ramón lo trajo de nuevo a la realidad.

-¿Qué?-preguntó éste, distraído.

El amigo de Rodrigo suspiró, frotándose el puente de la nariz antes de volverse hacia él, con gesto cansino.

-No, hermano...ya te perdimos... Mira: Sólo no quiero que pases lo mismo de nuevo. Ya sé que no eres el mismo idiota de hace una década, pero anda con cuidado. No siempre voy a recogerte famélico, ¿ok?

A Fuego LentoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora