Capítulo VII: punto de quiebre

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Capítulo VII

¿Era él? ¿De verdad? ¡Por supuesto que lo era, tonta! ¿La habría reconocido? Mariana se preguntaba un montón de cosas mientras daba vueltas en círculos por su consultorio. Nada más escuchar su voz, le pareció que su estómago se había cargado de plomo, de mariposas, de...terror.

Había cambiado tanto...sus ojos parecían haberse oscurecido aún más gracias a las experiencias que los años dejan. Todo él denotaba madurez. Su cuerpo continuaba siendo delgado y no podía dejar de imaginar si acaso tendría más tatuajes sobre la piel. Ella, que conocía tan bien cada uno de esos trazos, que los había delineado con los dedos y con besos tantas veces durante aquel año tan caótico y fugaz, se preguntaba si aquel bonito gato morado continuaría ahí, cercano a su corazón o si con el paso del tiempo, el olvido y nuevos amores habría decidido eliminarlo, cubrirlo con cualquier cosa para así olvidarse también de ella.

Mariana se sentó bufando detrás del escritorio mirando al techo, a la nada. El tic-tac del reloj de la pared nunca le había parecido tan escandaloso. Por un lado, moría de ganas de ir de nuevo a ese restaurante, buscar cualquier pretexto para poderlo admirar una vez más y, por el otro, sabía que estaba completamente prohibido para ella. "Está casado, Mariana" se repetía una y otra vez en silencio, recordando las palabras de su madre hacía un par de meses. "Está casado y tiene un hijo, los vi el otro día, juntos. ¿Quién diría que un vago como ese conseguiría una familia?..."

Por supuesto, el habría seguido con su vida. Ella, como toda una cobarde, una ingrata, simplemente se alejó sin decir adiós, obediente a las reglas. Un día, toda su felicidad se vio cortada, como un simple lazo, de tajo, para comenzar de nuevo, con otros objetivos alejados de lo que siempre quiso. Diez años más tarde, no atinaba a comprender cómo es que la muchacha que había sido acató órdenes, sin mirar atrás, aterrada. ¿Por qué no tuvo el valor como él de afrontar los retos que la vida le imponía? Con vergüenza, Mariana sabía que no había podido dejar la vida a la que estaba acostumbrada, sus privilegios de hija única; el miedo pudo más. Era demasiado joven, se decía, pero en el fondo también sabía que, en realidad, ese fondo de madurez que él tanto quería de ella era falso. Una falsa seguridad en sí misma, una simple mocosa de papá.

Durante muchos años, Mariana se recriminaría su cobardía.

Se incorporó en su asiento para tomar la carpeta negra que siempre cargaba consigo y la abrió. Ahí, oculta entre recuerdos infantiles, esa bonita foto. No era más que un recuerdo de lo que ella nunca tendría, de lo que su inmadurez le hizo perder. Un sonriente Rodrigo la abrazaba con posesividad, protectoramente mientras ella, alguien a quien casi no reconocía, se dejaba envolver por esos brazos fuertes. Eran un recuerdo inmortalizado. Se preguntaba constantemente si acaso, en otro universo, ellos habrían podido enfrentarse a sus padres, a sus miedos. Si habrían salido adelante, si eso fuera posible, ¿ese niño sería suyo? Si vivieran en otro universo, ¿ella no tendría la sensación de vacío permanente en el corazón?

"El hubiera no existe" pensó "y yo debería continuar con mi vida, como tú". En el fondo, Mariana buscaba convencerse de que aquellos pensamientos frecuentes por Rodrigo, no eran más que una obsesión por cerrar el ciclo: al desaparecer de la vida de Rodo, sin decir adiós, había dejado abiertas mil incógnitas entre ellos. Seguramente, la falta de un adiós por parte de ambos era lo que no le permitía continuar.

El sonido del intercomunicador la sacó de su ensimismamiento. Con un suspiro, tomó el auricular mientras pasaba un mechón rebelde de su cabello detrás de la oreja.

-¿Qué pasa, Mari?-preguntó, tratando de no sonar atolondrada.

-Tu cita de las 5:00 canceló, Mariana. No tienes más pendientes por hoy.-le comunicó la secretaria de piso con voz cantarina.

A Fuego LentoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora