*Este capítulo tiene algunas partes con tono un poco...subido. *
Enero, 2004.
Los días pasaron a un ritmo vertiginoso; el año nuevo llegó y entre abrazos, promesas y una cena pequeña dimos la bienvenida a un ciclo que yo esperaba fuera para mejorarlo todo. Tenía una hermosa prometida que se empeñaba en destacar desde sus primeros días en la universidad: la veía ir y venir entre el trabajo y la escuela, trabajando hasta tarde en aquel pequeño restirador que habíamos comprado para que pudiera hacer sus tareas.
Para mí, por otro lado, nada más empezar el año llegaron las buenas noticias en el trabajo. En días anteriores, el sub chef había renunciado y el elegido para continuar su legado fui yo. El salario mejoró por mucho y con ello, Mariana y yo nos permitimos que ella ,pese a su resistencia, le dedicara menos tiempo a su empleo para enfocarse en la carrera.Entre nosotros se instaló una cómoda rutina que me daba una gran alegría. Aunque llegara cansado del trabajo, pues las responsabilidades eran mayores; Que una brillante Mariana me recibiera en casa, era un bálsamo para el alma.
A punto de llegar a Febrero, decidí entonces darle una sorpresa por mi día libre. Me levanté temprano aquél día, para preparar el desayuno: panecillos, fruta picada y café. No es lo mismo cocinar a un nivel especializado, para quién sabe qué personas que para aquella que nos roba el aliento. Sin embargo, yo buscaba que aquel amor que dejaba en mi sazón para ella se transmitiera en cada uno de los platillos que supervisaba en el restaurante.
-Buenos días...-me saludó su vocecita adormilada desde el umbral de la cocina. La miré mientras partía algunas fresas: su cabello, ahora más corto, despeinado tras su espalda y algunos mechones enmarcaban su rostro, iluminado por una coqueta sonrisa; su fino talle se adivinaba debajo de la larga y holgada playera que usaba para dormir, dejando descubiertas sus piernas bien torneadas.
Me dirigí a ella y besé su frente con afecto.
-Buenos días, princesa, ¿tienes hambre?-pregunté, a sabiendas de su respuesta. Aquella criatura, pese a su pequeña estatura, comía bastante y nunca me negaba su apetito.
-uhmmm sí...¡Podría comerte a besos para el desayuno!-Exclamó Mariana mientras se colgaba de mi nuca y buscaba mis labios. La acerqué a mi rodeando su cintura con mis brazos y la levanté, ella rodeando mi cadera con sus piernas. Palpé su trasero, permitiéndole depositar suaves besos en mi cuello.
-Vaya, usted amaneció muy animada,¿no?-pregunté mientras mi "amiguito"comenzaba a tensarse debajo de mis pantalones de franela. Ella rió, dejando que su aliento topara de lleno con mi piel sensible a su tacto. Gruñí suavemente; retrocedí un poco, apagando la hornilla y luego la senté en la barra que conectaba la cocina con el comedor.
-Es un día lindo,¿no cree, señor Solis?-Contestó ella, traviesa. Dios, me volvía loco cuando se dejaba llevar y me mostraba su lado seductor, aquel que no dejaba de ser tremendamente inocente y encantador.
Nos besamos largo y tendido; me dediqué un rato a mordisquear sus labios suaves, dejando que mis manos acariciaran por encima de la tela su cintura, sus pechos suaves, la cadera pronunciada. Bajé mis besos lentamente por su cuello, viajando hasta la clavícula, mientras escuchaba sus suaves suspiros de placer y la piel se estremecía conforme yo dejaba un camino de besos y ligeras mordidas.
Mis manos pronto tantearon por debajo de la holgada playera, acariciando sus muslos, subiendo hasta su entrepierna, aquel rincón cálido y seductor.
-Señorita Solis, veo que ha dormido usted...ligera-comenté divertido mientras palpaba con suavidad aquel húmedo rincón en ella, dejando suaves caricias ondulantes con una mano mientras que con la otra buscaba atraerla hacia mí. Mariana gimió, cerrando los ojos y echando atrás su cabeza.-¿No cree que podría enfermarse, con este clima?
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A Fuego Lento
RomanceElla constituía una verdadera fuente de alegrías y sonrisas para lo que siempre consideré un corazón muerto, un cuerpo sin vida, un autómata sin destino. Venía corriendo a mis brazos a la primera oportunidad; los amaneceres más bellos se resumían a...
