Enero, 2015
Se vió atrapada entre sus brazos después de tantos años, sintiéndose como la primera vez. Las mariposas en el estómago se arremolinaban en un caos casi sin precedentes, el corazón casi saliéndose del pecho. Se sentía en un mundo diferente, en un escenario casi irreal: ella, casi perdida desde hacía tanto, en un vórtice atemporal, simplemente existiendo; él, acorralándola, con la ferocidad en la mirada, buscando sus labios, pidiéndole dejar de mentir.
Dejar de mentir...¿cómo era que él no dejaba de conocer cada uno de sus gestos, pese a los años, la distancia, los rencores y las culpas? Además, ya no eran los mismos. En el fondo, Mariana admiraba completamente al hombre que se plantaba ahora frente a ella, con esa actitud rebelde pero madura, imponente y seguro de sí mismo. No alcanzaba a comprender como es que podía parecerle un poco atractiva, si era peor que aquella adolescente que jugó a ser adulta a su lado. Tenía miedo de sí misma, no se encontraba ninguna virtud y constantemente se recriminaba el daño hecho a ambos por su inseguridad y esa incapacidad de enfrentarse a él, de preguntar, tal como él lo estaba haciendo ahora.
Diez años y en vez de descubrirse a sí misma, sólo se había vuelto uno de los mayores misterios para ella.
-Dime algo, Mariana.- Pidió Rodrigo, aferrándose a su rostro, con los labios casi tocando los suyos; Rodrigo se sentía desfallecer al tener a aquella criatura frágil atrapada entre su cuerpo y el borde del elegante escritorio. El tiempo casi parecía detenerse en aquella pequeña oficina; se congelaba para ellos.
-N-no podemos Rodrigo, no puedo...perdóname-susurró ella en su boca, limitándose a cerrar los ojos y a intentar empujarlo con las manos temblorosas.
-Quiero que me digas porqué no, Mariana, ¿qué te detiene?-
Mariana lo pensó un momento y suspiró largamente.
-Yo no soy buena para tí. Mírate, Rodrigo...Eres increíble: Tan sólo viéndote me doy cuenta de lo mucho que has crecido, de lo que haz logrado. ¿Qué ves en mí? ¿qué sabes tú de mí?-Mariana sintió su voz quebrarse, el alma fragmentarse un poco más.- Me gusta mi trabajo, no está mal...pero cuando me permito pensar en las noches, cuando recuerdo que ya no tengo 18, me doy cuenta que no soy feliz... soy un maldito títere, permití que mi familia manejara mis hilos. ¿qué soy? ¿qué ves? Estoy acabada, porque...no sé...porque no puedo odiarte, no quererte. ¡Tú maldita sombra es la que no me permitió vivir, Rodrigo! La mujer que soy ahora, la que no confía en sí misma, la incapaz de tener una maldita relación no podría darte más nada, no tengo nada para tí, ni para mí.-
Rodrigo la miró intensamente mientras hablaba. Aquella mujer de aspecto fuerte, la dama que mostraba una sonrisa ausente, era el cascarón de alquien roto. La niña que él había amado hace tanto tiempo se ocultaba en algún sitio. Sin embargo, la criatura frágil y vulnerable que se mostraba ahora ante él, era también parte de lo que él deseaba. Quiso protegerla.
Estaba cansado de esperar, de odiar, de recriminarle cada día a un retrato su sensación de abandono. Por supuesto, si se permitiera una reflexión más profunda, llegaría a la conclusión de que amar y odiar a un recuerdo, era lo mismo que no permitirse continuar con su vida. Mariana tenía razón en algo: él se había superado a sí mismo. En pocos meses, esperaba, abriría por fin su propio restaurante. Años de diseñar menús, platillos, soñar con un ambiente acogedor y contemporáneo se convirtieron en una tabla salvavidas para él. Sin embargo, era también conciente de que buscarla nuevamente, después de haberla visto semanas antes, era un arma de doble filo: ambos tenían que enfrentarse al pasado, cerrar ciclos y comenzar uno nuevo. La pregunta era entonces si comenzar juntos o por fin permitir que el camino trazado pudiera por fin bifurcarse; si más allá había felicidad, estando separados.
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A Fuego Lento
RomansaElla constituía una verdadera fuente de alegrías y sonrisas para lo que siempre consideré un corazón muerto, un cuerpo sin vida, un autómata sin destino. Venía corriendo a mis brazos a la primera oportunidad; los amaneceres más bellos se resumían a...
