Verano, 1998.
Cuando mi padre se fue de la casa, decidido a empezar una nueva vida con una mujer que distaba mucho de tener la calidez de mi madre, la vida familiar que yo conocía cambió radicalmente. Gabriel, mi hermano mayor, quien apenas y estaba terminando su licenciatura, se vio obligado a trabajar duro, soportando pésimas condiciones, para evitar que yo lo hiciera y dejara la preparatoria, que recién comenzaba; mi madre, que siempre se había dedicado a las tareas de la casa con tanto amor, volvió a trabajar en un kínder, de sol a sol. Cada quién decidió llevar el dolor de la ausencia y la furia y las recriminaciones en silencio, en soledad. Y a todos nos afectó de un modo distinto.
Tengo que admitir que me faltó madurez como para pedir ayuda. Me sentí traicionado por aquel personaje al que yo había idolatrado desde que tenía memoria. Mi papá, aquel hombre tan cariñoso, que siempre tenía un momento para mí, con quien compartía la afición por el futbol, me había dado la espalda. Se largó de un momento a otro, sin decirnos nada, como un cobarde. Supongo que mi madre sabía bien de la situación, pero para protegerme prefirió callar y ese fue un grave error: en mi empeño por buscarlo descubrí a su nueva familia. Aquella mujer estaba embarazada. Dejé de existir para él.
La vida familiar se vio trastocada de muchas formas: el dinero, que si bien no sobraba, alcanzaba para todo e incluso algunos lujos, se terminó abruptamente. Los trabajos de mi hermano y mi madre a duras penas alcanzaban para pagar los gastos de la casa. Pero, de alguna forma, ellos se volcaban a sus ocupaciones casi a ciegas y sospecho que lo hicieron para no enfrentar la situación. Yo tenía quince años.
Mi primer año distaba mucho de lo que anteriormente me hubiera imaginado. No podía establecer amistad con nadie, me aislé totalmente de la comunidad. Terminé odiando el futbol soccer, porque me recordaba la sensación de náusea que me provocó el ver a mi padre tan sonriente con aquella mujer mientras a mí me dejaba en el maldito olvido.
Desobedeciendo las órdenes de mi madre y mi hermano, terminé encontrando un trabajo limpiando los pisos de un billar de mala muerte cercano a mi escuela. Por supuesto, las compañías que encontré ahí no fueron las mejores. En un afán de olvidarme de todo lo que en mi casa ocurría, cometí el error de enrollarme con cosas que no debía.
La marihuana y el alcohol causaron estragos y caos en el Rodrigo que todos conocían. Primero comencé por un pequeño cigarro, porque ¿qué podía pasar? Ahí, en ése billar al que sería asiduo, terminé probándolo. La sensación de total abandono, de calma, las luces brillantes y los movimientos pasmados me relajaron a tal grado que, por un momento, me sentí tranquilo. Evidentemente, no sería la primera vez.
Mi madre, ocupada como estaba en su empleo, no descubriría hasta muchos meses después los pequeños paquetitos escondidos bajo mis playeras. Necesitaba fumar esa basura diario, para sentir la mente en blanco, para liberarme del corazón roto. Pero ella tampoco se sentía capaz de decirme nada. Simplemente seguíamos con una vida de ignorarnos mutuamente.
Luego llegó el alcohol. Me volví fanático del vodka de mala calidad que servían a raudales en el billar.
Fuma. Toma. Fuma. Toma. Ni mencionar siquiera que perdí todo el año de la preparatoria.
Mi vida se tornó en oscuridad. Fuma. Toma. Fuma.
Y todo el cúmulo de odio y rencor terminó por explotar un día en forma de pelea callejera. Mis nudillos se llenaron de cicatrices; aprendí del fino arte de la pelea sin reglas ni honor. Cuando mi cuerpo, embrutecido por el alcohol y la hierba sentía la adrenalina del combate fluir por sus venas, se sentía vivo, liberado.
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A Fuego Lento
RomanceElla constituía una verdadera fuente de alegrías y sonrisas para lo que siempre consideré un corazón muerto, un cuerpo sin vida, un autómata sin destino. Venía corriendo a mis brazos a la primera oportunidad; los amaneceres más bellos se resumían a...
