Capítulo XIX. Primera cita

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Si el miedo a equivocarse tuviera sabor, sería un sabor amargo. Una sensación que sube por la garganta, que quema y duele. Sin embargo, esa sensación amarga se contrastaba con otra, una casi olvidada hacía mucho tiempo: esperanza, ilusión.

La sensación de que algo podía cambiar en su vida, alegrarla. Estaba consciente que parte de la recuperación de su mente y corazón era trabajo suyo: no podía seguirse hiriendo, y en ello se iría su trabajo de ahora en adelante. Quería que esa sensación cálida que se había instalado en su pecho después de haber recibido una última caricia en la mejilla no se fuera nunca.

Un mes, esa fue su promesa. Tenía cierta curiosidad con respecto a lo que Rodrigo tenía planeado, pues bien cierto había resultado que ambos eran ahora dos desconocidos que, sin embargo, guardaban un amor inmenso el uno por el otro, así fuera un individuo atrapado en el pasado. Aquella Mariana de la que él se había enamorado habitaba en ella, dormida, temerosa y herida, pero viva.

Mariana se dejó caer en el respaldo de su silla, girando en ella, mirando el halo de luz del sol que se filtraba por la pequeña ventana del consultorio, y las partículas de polvo que bailaban etéreas en la luminiscencia, mientras jugueteaba con un boligrafo entre las manos.  A veces tenía la sensación de vivir en un modo automático: rara vez recordaba el día anterior, o el día anterior a ése: Así habían pasado varios años.

"Depresión" pensó ella, dando vueltas al bolígrafo entre sus dedos. "tanto tiempo estudiando y mirando las mismas cosas y nunca quise admitir que vivo así. Esto tiene que parar", se dijo a sí misma. Mariana cerró los ojos, suspirando. Quería recuperar su vida, salir del infierno en que se sumía a la menor oportunidad, decidiosa: quizá hoy era un buen día para comenzar. Una sonrisa adornó su rostro, mientras recordaba el beso demandante de Rodrigo en ese mismo consultorio; pensó en su rostro, en sus facciones más definidas y en sus ojos verdes, oscuros y profundos, y en las pequeñas arrugitas que apenas se delineaban en la comisura de sus labios y cerca de sus ojos al sonreír; pensó en sus manos, grandes y suaves, pero también marcadas por años de trabajo duro.

Como un torbellino, los recuerdos de quellos brazos fuertes tomándola, las manos que la guíaban al correr libres por el bosque o por la ajetreada ciudad cuando llovía y les sorprendía caminando y aquella sensación de libertad se agolparon en su estómago. Regocijo: quería volver a sentirse libre. Y entonces lo supo: los besos de Rodrigo era un elixir, agua para el sediento en medio del desierto. Nunca, ningún hombre, pudo transmitirle aquella seguridad de sentirse amada, deseada de verdad.

Se levantó de su asiento de golpe, lanzando el bolígrafo sobre el escritorio y salió de su oficina a paso seguro: sabía lo que debía hacer, por lo menos con aquella parte de su vida que no podía arruinar más, no ahora.  Caminó por varios metros hasta el final del pasillo hasta llegar a su puerta y tocó con suavidad, esperando una señal para pasar. Abrió con cuidado y se asomó.

-Mariana, buenas tardes...¿qué pasa?-saludó Mario desde su escritorio, oculto entre varias carpetas dispuestas sobre la mesa.

-Hola...¿podemos hablar?-preguntó Mariana, entrando.

-sí, sí...hoy casi no tuvimos pacientes, pero estoy actualizando historiales...ya sabes.-comentó el medico, estudiando unos papeles.-¿qué sucede? ¿te has sentido mejor, linda?.-preguntó luego.

-No, bueno...sí.- Mariana tomó aire y caminó hasta el escritorio.- Quiero disculparme contigo...

-¿por qué? lo pasamos bien, a pesar de todo. De hecho, creo que podríamos hacerlo de nuevo,¿no crees?- respondió Mario, recargando la barbilla en el dorso de sus manos cruzadas. Mariana lo observó: ciertamente, era muy atractivo, con  su porte elegante y altivo, el cabello bien arreglado, las manos finas de dedos largos y  bien cuidados, pero delicado. No era su tipo, no era como aquella piel morena que soñaba cada día, casi obsesivamente.

A Fuego LentoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora