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Smeels like teen spirit

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Load up on guns
Bring your friends
It's fun to lose and to pretend
She's overboard, self assured
Oh no I know, a dirty word

Septiembre 1997

Lauren

La muerte era como un reloj.

Jamás paraba sus manecillas por nadie y en cada estación, donde éstas lograban encontrar una paz momentánea, marcaba una nueva temporada.

Una que siempre atraía el sufrimiento de quienes acompañaban a aquel número que se encontraba designado en la estación y le ofrecía una paz que el mundo desconocía al elegido por ella.

Casi siempre era tan fría que te hacía dudar de que existiera alguien peor que ella.

Sin embargo, la muerte seguía siendo la persona más sabia que existía.

Era aquella que tenía todas las respuestas de esas preguntas que nacían con nosotros, esa preguntas que siempre nos agobian antes de irnos a dormir cuando llegan por segundos a exiliar la tranquilidad con la cuál vivíamos.

Ella era quién sabía que existía después de que dejáramos de ser un ser humano y también sabía el momento exacto en que nuestra alma dejaba de estar con nosotros.

Su sabiduría se remontaba desde el inicio de la humanidad y su fin era cuando el último hombre dejara de existir.

Sí.

La muerte era la mayor combinación de nuestros medios mezclada con todas las respuestas que deseábamos tener, tal vez por eso le tememos tanto.

Tal vez por eso la odiamos tanto.

Ya que al final de día, el conocimiento que va más allá de lo que logremos entender siempre va a generar miedo entre nosotros como simples personas receptoras de la más mínima cantidad de información.

Sin embargo, a pesar de la belleza y secretismo que procedía de aquella imagen tan clara en nuestra vida; de ese miedo que no se apartaba de nosotros en ningún momento de nuestra existencia, no existía nadie que no conciderara a la muerte como el peor dolor existente.

No importaba con que madurez la vieras, ni que lo vieras de una forma poética.

Ésta siempre iba a mostrar aquel rechazo general aunque trataramos de defenderla.

Lo único que podíamos hacer es dejar que ella repartiera sus sombras sobre nuestros cuerpos y aceptar que teníamos una lucha constante con ella y que jamás ganaríamos. Es la única forma en la cuál podríamos llegar a tener algún tipo de relación no tan daniña con ella.

Observé en silencio a todas las personas que estaban presentes hoy.

Era un pequeño grupo de autoayuda donde generalmente no habían más de veinte personas. No era un grupo muy grande pero a pesar de eso, todos se conocían y demostraban como la confianza estaba en cada uno de ellos después de mucho tiempo compartiendo sus más grandes miedos, sus peores pérdidas y especialmente compartiendo el mismo sufrimiento que los unía a todos de una forma única.

La muerte.

Todos tenían historias distintas que contar, sin embargo, todas eran unidas por la misma jugada que la muerte daba a los seres humanos recordándonos cada día que no éramos nada contra ella. Al final del día cada relato se volvía una misma voz; una que era dolorosa y cortada como sino tuviera las palabras suficientes para provocar sonido.

Una voz que no dejaba de ser retocada con los toques grises de la tragedia y que era capaz de alimentar las lágrimas de más de uno. Era esa voz tan típica que se asociaba con el dolor y que en algún momento de tu vida iba a aparecer aunque así no lo desearas.

PerfectHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora