— Vamos chica, ¡despierta! –me gritó el entrenador.
Deportes era la peor clase. El entrenador era toda una pesadilla. El maldito viejo amargado no se levantaba de una silla y no despegaba la vista de la revista de deportes para mayores. El entrenador Franklin parecía un estereotipo de hombre mayor, con bigote y poco cabello canoso, con su silbato en la comisura de la boca, una gorra gastada y pantalones cortos.
Patee la pelota lo más fuerte que pude y volví al final de la fila.
— ¿Qué te pasa, Ro? Estás distraída –notó Scarlett, mi mejor amiga.
—No es nada –respondí restándole importancia.
Y no lo era, sólo fue una mala noche, como era usual para mi. Pero esa noche las pesadilla se sintieron más vividas. Tal vez no dormí casi nada en toda la noche, y por eso no recuerdo haber despertado...
—Como sea, los uniformes nuevos de los Leopardos son geniales, –se apresuró para cambiar el tema —pero debo admitir que me gustan más sin ellos —sonrió mostrando los dientes, una expresión que la hacía parecer un depredador mirando un pequeño conejito.
Sonreí sin poder evitarlo y los repasé con la mirada, deteniéndose de más en un jugador específico.
— Un poco ajustados en la parte de atrás —dije, ladeando la cabeza.
Scarlett se acercó al balón para poder patearlo, aunque le pegó al poste. Hizo una mueca y se encogió de hombros cruzando una mirada conmigo.
Era mi turno.
Cuando estaba a punto de patear, una pelota rebotó en mi cabeza haciéndome perder el equilibrio y caer.
—Joder —maldije en un susurro sobando la parte en la que había impactado el balón de básquet, demasiado inflado a mi parecer.
—¡Robin! Oh, dios ¿Estás bien? ¿Quieres que te lleve a la enfermería? —preguntó exaltada Scarlett, que se aproximaba corriendo con algunos del equipo masculino.
— Uno, no grites. Dos, estoy bien —me levanté del césped con su ayuda, y ella empezó a manosearme la cara en busca de una herida. Se alejó solo cuando se dio cuenta que el golpe no causó gran cosa.
—Necesitas hielo –dijo, viéndome con los labios apretados por la preocupación.
—Estoy bien —le aseguré apartándola suavemente.
Scarlett abrió la boca para seguir objetando, pero alguien habló antes.
—Siento haberte golpeado con el balón, Robin –dijo el chico.
—No importa —lo decía enserio, aunque lo veía un poco doble —Estoy bien.
Le entregué el balón y él me dio una sonrisa de agradecimiento.
—¿De verdad estás bien? —volvió a preguntar.
—Sí, no te preocupes —cuando se me aclaró la visión doble, casi se me sale el corazón por la boca.
Un Kyllian Talbot, portando el nuevo uniforme de los leopardos me sonreía con preocupación. En este punto era necesario decir que él hacía que se me alborotaron las hormonas de adolsecente que tanto trataban de controlar. La cosa con él es que ambos sabíamos de la existencia del otro, pero no nos conocemos, no realmente, aunque hayamos vivido casi media vida en la misma calle y estudiado en el mismo instituto, compartimos clases y nos sentamos en la misma mesa en el almuerzo con amigos en común.
Contra toda mi voluntad me sonroje un poco, pero se lo atribui al hecho de estar bajo el sol haciendo esfuerzo físico, y al trastabilleo de mis pies cuando me aleje para verlo a la cara, al hecho de que me acaban de golpear en la cabeza con un balón con complejo de la piedra de Sísifo.
—¿Cómo puedes decir que estas bien? —dijo Scar con indignación, que veía la escena con la boca abierta y el ceño fruncido —¡Mirala como esta! ¡La pudiste matar, Kyllian!
Debía de verme completamente ridícula, y lo unico que queria es que él se fuera, porque no quería que esta vista de mi, toda roja y sudada, despeinada por ejercicio y probablemente apestosa, se quedará en la cabeza de Kyllian como la única referencia que tenía de mí.
—De verdad estoy bien, Scar —le murmuró con una sonrisa amenazante —, ya déjalo en paz.
Ella frunció más el ceño hacia él para después dejarlo ir, todavía lanzando amenazas que no iba a cumplir. Lo vi alejarse junto a los de su equipo, ellos le decían algo, pero estaba tan ocupada tratando de controlar que mis piernas dejaran de temblar que no les presté atención. Solo volteó a ver sobre su hombro una vez, para asegurarse de que en serio estaba bien, lo cual agradecí en silencio, dándole una última sonrisa que él devolvió. Dios, que lindo era cuando sonreía.
El entrenador ni se inmutó de su sitio, dudaba que siquiera lo hubiera notado, lo cual no me pareció extraño, Franklin con suerte podía caminar de su oficina al patio, cargando una silla y su revista de deportes, que según unos osados, decían que en realidad era una revista porno encubierta. Ese simple pensamiento fue suficiente para volver a la realidad y seguir con la clase.
ESTÁS LEYENDO
Atenea
Science FictionSeñales en el cielo. Los días se acortan. La gripe Negra. Larvas que invaden los cuerpos. Cortaron todo contacto. Silencio eterno. Las luces tratan de decirme algo. Quien haya creído que los extraterrestres eran buenos, que se ponían capas y volaban...
