6- Primer Día del Fin.

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Scarlett me esperaba en la entrada de la escuela. Tenía ojeras, que no era común en ella, además que su ropa estaba arrugada y su cabello estaba grasoso. Scar era alguien que le gustaba verse bien, y así reflejaba que se sentía bien. Y su aspecto era todo lo contrario a lo que usualmente era.

—No pude pegar un ojo en toda la noche —dijo con voz somnolienta pero alerta.

Todos habían visto el eclipse. Todo el planeta lo había visto. No duró tanto, solo un minuto y medio, pero abrió las puertas a la creencia de que el fin está cerca.

Papá no había parado de recibir llamadas del trabajo que, aunque lo intentara, no alcanzaba a escuchar. Pasando más tiempo de lo usual fuera de casa, y eso solo me daba mucha más mala espina.

—Todos los estudiantes, dirigirse al gimnasio —se escuchó en los altavoces.

En la mitad de la cancha estaban puestas unas sillas donde estaban sentados algunos maestros y en el centro estaba el director con un micrófono en la mano. Scar y yo nos sentamos en las gradas extendidas, después llegaron nuestros demás amigos y se sentaron con nosotras.

—Debido al suceso del día anterior —anunció el director, todo el mundo guardó silencio —, la ONU tomó la decisión de tomar más seguridad en las escuelas.

Empezaron los murmullos. ¡Era ridículo! ¡Corríamos riesgo si salíamos de casa y también si nos quedamos aquí!

—Las clases seguirán su mismo curso y...

Como si de apagar un foco se tratara, la luz se fue. Los estudiantes gritaron angustiados.

—Por favor mantengan la calma —ordenaba el director, pero el pánico se apoderaba de todos.

El eclipse duró más de diez minutos.

El director decidió que sería mejor llamar a nuestros padres para que fuéramos a casa. No dejarían a nadie salir del gimnasio sin un adulto responsable. Primero se fue Scar, se despidió con un abrazo y un "te escribo más tarde" y yo solo asentí con la cabeza. Después fueron Adam y Jack. Talia y Dave se fueron al mismo tiempo. Ella se despidió con un abrazo y una sonrisa reconfortante que le devolví sin dudarlo.

Vi a mi tío entrar por la puerta del gimnasio junto con la madre de Kyllian. Tomé mi mochila, al igual que él, y salimos.

Todo fue en silencio. Nadie habló después del eclipse. Lo único que se escuchaba eran las puertas abrirse y cerrarse.

—Todo va a salir bien —trató de tranquilizarme Hal cuando entramos al auto. No sabía porqué él actuaba tan relajado, pero eso me tranquilizó un poco. Él había estado actuando tan sospechosamente relajado que me pregunté si sabía algo de lo que estaba pasando, pero lo rechacé rápidamente. Seguramente estaba medicado hasta las cejas para seguir siendo una persona funcional.

Vi por la ventanilla del coche a más personas entrando y saliendo con estudiantes.

—No puedes prometer algo que no tienes el poder de cumplir —susurre más para mi misma que para él. Vi a Hal viéndome en el reflejo de la ventana. Fruncia el ceño, como si se debatiera en decir algo o no. Al final no lo hizo, y solo arrancó el auto.

Al llegar a casa caminé directo a mi cuarto. Salí por la ventana y subí al tejado de encima de mi habitación. Siempre subía ahí cuando quería pensar. O estar sola. Abracé mis piernas y coloque mi rostro en mis rodillas, ¿y estos se suponían que eran los mejores años de mi vida? Estaba jodida.

Mi teléfono vibró al lado mío.

Kyllian: ¿Un mal día?

Mi corazón empezó a latir más rápido de lo que me gustaría admitir, intenté hacer tiempo antes de contestar, pretendiendo estar tranquila.

AteneaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora