11- Almirante de la Marina de Guerra.

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Me siento como una niña pequeña la cual regañan por tomar una galleta antes de la cena. Solo que no soy una niña pequeña, no tomé ninguna galleta, y el que me regaña no es mi papá, ni mi tío y tampoco mi hermano, sino un hombre que jamás he visto, que seguramente estuvo en la marina de guerra y nos está apuntando con un arma por allanar su casa.

—¡Sus nombres! —demandó el hombre.

— ¿Cuál es el suyo? —le sostuve la mirada sin ceder en ningún momento.

— No quieras jugar conmigo, niña —dijo amenazante.

—Tú no quieras jugar conmigo —estoy metiéndome en un problema grande.

El hombre apretó la mandíbula molesto.

—¿Estuvo en la Armada? —pregunté después de un tiempo en silencio, ignorando el hecho de que el hombre nos estuviera apuntando.

—¡Cállate! —me gritó en un murmuro Troy sentado al lado mío, estaba que se hacía encima del miedo, lo cual era comprensible. Yo había tragando saliva más de tres veces seguidas cada vez que hablaba para que no sonara como si estuviera a punto de empezar a llorar del miedo.

—¿Cómo llegaste a esa concusión? —preguntó ocultando olímpicamente su sorpresa tras una expresión irónica.

—¿Te retiraste o te sacaron por alguna lesión? —sentí la mirada de Troy clavada en mí, suplicándole a una fuerza mayor para que cerrara la boca.

— Eso no es de tu incumbencia –escupió el hombre.

—Está bien —dije encogiéndome de hombros —. ¿Entonces sí fue una lesión?

—¿Por qué piensas que me lesioné? —dudó si soltar o no el arma. ¡Bien!, estaba funcionando mi plan.

— Por las medallas que tienes colgadas como imanes en el refrigerador, tenías un puesto respetable –dije —¿Almirante o Capitán?

— Almirante —respondió con voz plana, pero con tono orgulloso.

— Lo supuse –gire la cabeza hasta parar en un cuadro, necesitaba recopilar más información si no quería terminar muerta en un suburbio —. ¿Es su esposa? Es muy linda.

— Sí, era muy linda —respondió con nostalgia.

—¿Cómo murió? —dije con voz calmada, Troy me dio un golpe en la costilla con el codo y puse los ojos en blanco, haciendo una mueca para que no molestara, sabía, en parte, lo que hacía.

— Nunca dije que hubiera muerto —dijo él volviendo a su tono duro.

— Dijo "era muy linda" —concluí —, y si se hubieran divorciado no tendría su foto y tampoco el anillo de boda.

Él bajó la vista al anillo y apretó la mano libre.

—¿Era niña o niño? —me apresure a preguntar —, apuesto que niña — él me miró confundido —. Vi el dibujo enmarcado.

Troy quería morirse seguramente. Pero yo hablaba para distraer al hombre, si lo mantenía hablando no nos dispararía. O eso esperaba yo...

—Un accidente de auto —dijo tirando el arma al suelo —tenía nueve años. Mi mujer también murió.

Debió ser reciente, tal vez por un eclipse o algo parecido, no parecía querer matar a alguien al recordar el accidente, así que dudo que haya sido un conductor ebrio. Se veía más bien culpable, como si pensara que él tuvo la culpa, tal vez una discusión que provocó el fatídico viaje en auto. Pero me callé mis suposiciones, no quería echar a perder todo mi trabajo, tampoco quería que se desviaran a preguntas personales innecesarias, así que me limite a la respuesta genérica más común.

— Lo siento mucho.

—Gracias —dijo —, ahora ¿Qué hacen tú y tu novio en mi casa?

—Él no es mi novio —hice una mueca de asco.

—¿Por qué dices esas cosas? —dijo él teatralmente dolido. Le pegué una palmada en la parte trasera de la cabeza.

— No llevamos más de una hora de conocernos —dije entre dientes —Ni siquiera sabes cuál es mi apellido.

—Claro que sí —dijo obvio —. Es Sanders.

—Ni se acerca —dije y volví la mirada al almirante —Allanamos su casa sin querer. Mi torpe compañero y yo no queríamos pasar la noche en el bosque y esta era la casa más cercana que había.

El hombre de piel morena y cabeza perfectamente afeitada, asintió ante mi rápida explicación.

—Mañana a primera hora los quiero fuera —dijo serio.

Yo asentí sin dudarlo. ¡Nos dejaría pasar la noche!

—¿Si fue una lesión? —pregunté cuando estaba por irse.

— Me retiré cuando nació mi hija —dijo al pie de la escalera, mirándome por encima del hombro —. Buenas noches.

Cuando había subido del todo y sentí la puerta de un cuarto cerrarse me sentí más tranquila, sentí como la tensión dejaba mis hombros y pase una mano por mi rostro.

—¿Qué demonios acaba de pasar? –Troy estaba pálido, sudoroso y estaba temblando ligeramente. Pobre.

— El ex-almirante de la Marina de Guerra nos permitió pasar la noche en su casa –dije con simplicidad.

— Eso ya lo sé —dijo obvio, todavía hablando en voz baja —. Hablo de lo que pasó antes de eso ¿Cómo supiste todo eso? ¡pensé que nos iba a matar!

—Sé leer a las personas —dije restándole importancia —, he tenido entrenamiento parecido al militar toda mi vida, el observar de más es solo un reflejo de mi aburrimiento —y mi soledad, pero él no necesitaba saber eso.

La noche pasó rápido, últimamente mi sueño había sido más ligero que de costumbre, solo por el hecho de sentirme para nada seguirá en ninguna parte. Era un mecanismo de defensa el pensar que era mejor tener el sueño suficientemente ligero como para despertarse con un suspiro a no volver a despertar. Eso se lo debía a papá y sus alarmas aleatorias en la noche, cada vez con el volumen más bajo y su castigo de correr toda la manzana si no despertaba.

Una vez papá había preguntado en la cena a Tony y a mí si queríamos aprender algo de su entrenamiento, claramente los dos habíamos dicho que sí, porque veíamos a papá como un héroe, y claro está, una mujer debe saber cómo dar un buen puntapié a un manos largas y lengua suelta, palabras de la abuela. Pero después de la primera clase, Tony lo dejó como un cobarde, y yo, aunque sabía que podía dejarlo, y créanme, varias veces lo pensé, no lo hice, y era algo que ahora agradecería enormemente.

Troy había dormido en el suelo y yo en el sofá-cama. No había escuchado nada del ex-almirante en toda la noche, solo los ronquidos de Troy que me despertaban cada cinco minutos. Al final sí pude dormir un poco, pero cuando mi cuerpo sintió que ya había dormido lo suficiente, ya no pude pegar el ojo. Supuse que eran casi las seis de la mañana por la luz de afuera, llevaba años despertándome a esa hora y las costumbres no se pierden.

Desperté a Troy y nos fuimos, no sin antes dejarle una nota al hombre, agradeciendo habernos dejado quedar la noche en su casa. Teníamos que aprovechar el día y era un muy largo camino a Nueva York.


***

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