Capítulo 34

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Empezaba, volvió a empezar, Hudson había olvidado por completo de su vocabulario las palabras tiempo y espacio, palabras que en física tomaban un significado muy profundo, que por años habían generado un gran debate entre científicos, ingenieros y demás, pero eran dos simples palabras con un significado promedio entre las relaciones interpersonales.

Tiempo y espacio. Que tan difícil era comprender esas palabras y llevarlas la práctica, pareciera que Hudson desconocía por completo su significado, estaban ausentes de su diccionario, que digo diccionario, de su maldita existencia. Sus repetidas declaratorias de amor por mi rayaban en el límite de lo tierno y romántico, a lo perturbador y obsesivo; y a esto último era a lo que tenía miedo, que solo fuera una obsesión para él, una idea que solo tiene en la mente, una obsesión no tiene base, no hay solides en ella solo es una fijación; encontrarte dominado por algo, no quería ser ese algo, no quería reducir lo que sentí por Hudson en una simple obsesión, quería... no, no podía ir por ese camino, yo no quería nada con él, no quería nada de él tenía que tener eso claro.

Regresamos a casa de los señores Beckett en un denso y extraño silencio, algo ya demasiado habitual en nosotros, pasábamos de decirnos demasiado a callar, porque yo, principalmente yo, no sabía que contestar o debatir ante las locas posturas de Hudson y lo fácil era irme por la tangente, con ácidos comentarios que empezaban a no causar ya nada en él. Porque, en definitiva, él estaba completamente loco, era como Pichirila la gata de mi hermana, siempre venía a mis piernas para que la acariciaría y durmiera ahí, y la movía una y otra vez, pero de la misma manera ella regresaba, como si yo no la hubiera echado de mi lado infinidad de veces. Hudson era como esa gata, que rara comparación, pero parecía muy acertada en esta situación.

Todo paso de manera mecánica hasta este momento en que nos encontrábamos en su auto de camino a Londres, dejamos atrás Battle hace cerca de una hora, pero no íbamos tan lejos, los caminos estaban un poco dañados por la tormenta así que la velocidad era prudencial.

Miro por la ventana todo el tiempo, analizando de principio a fin la travesía que supuso este fin de semana, todo empezando desde el viernes en la cena que tuve con Bennedit, la feria gourmet, la declaración de amor en plena calle, el episodio caliente en el baño de los Becket, la plática profunda a la luz de las velas y una chimenea, el torso desnudo y perfecto de Hudson en la habitación, nuevamente una plática profunda, la fiebre de Hudson, besarlo mientras dormía, dormir entre sus brazos y despertar aferrándome a él como si de ello dependiera mi existencia, huir y volver atacarlo por la mañana, el denso desayuno con los Becket, pero antes de partir las palabras del señor Becket seguían flotando en mi cabeza como bacterias en el aire.

—Cuando un hombre ama se entrega en cuerpo y alma, cuando un hombre ama lucha por su objetivo, pero, sobre todo cuando un hombre ama sufre plenamente el rechazo, y señorita, ese hombre —dirigió su mirada a Hudson que estaba despidiéndose de la señora Becket — te ama, te ama con cada parte de él. No sé qué haya pasado entre ustedes, pero la vida se disfruta, se goza, has que valga la pena, eres una buena chica, debes ser feliz...

Cuando un hombre ama...

Ahí estaban sus palabras, flotando en el aire como un perfecto Specto Patronus. Dicen que las personas mayores lo saben todo, por que como bien lo dice el dicho —más sabe el diablo por viejo que por diablo– tal vez eso sea real, las palabras del señor Beckett sean reales ¿Qué ganaría él al decirme eso? Nada, apenas había conocido a Hudson, pero a su ver él me amaba.

Debería estar pensando en cosas más importantes y no en esto, no reducir mis pensamientos a algo que termino hace más de 3 años.

—Puff —el bufido y suspiro salió más fuerte de lo que pretendí. No estaba nada cómoda dentro de ese lujoso pero pequeño auto, respirando el perfume característico de Hudson, sintiendo su imponente presencia, y aunque la calefacción mantenía el auto a una temperatura agradable sentía los pies y manos como bloques de hielo, tengo frio y no sé por qué, suelo ser una persona de sangre caliente, en el buen sentido de la frase... aunque bueno, en el otro sentido también.     

Sólo a ti te puedo amar ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora