Siempre había creído que gozaba de gran fortuna, en la preparatoria, en la universidad, mis amigas siempre me decían „Que suerte tienes, Deniss" la fortuna era notoria básicamente nunca me pasaban cosas como las que le llegaron a pasar un sinfín de veces a Nath, ella sí que tenía mala suerte. Que si iba a la cafetería de la universidad y ya no tenían lo que ella quería, que si que su autobús la dejaba, que si un auto la empapaba cuando llovía, esas y mil cosas más siempre le pasaban a la pobre Nath.
Así que, ¿Me consideró una mujer afortunada? Sí, la verdad es que si, y se también que muchas cosas eran por la fortuna y muchas más por lo bien que trataba de hacer mis acciones y que en consecuencia atrajera lo mejor a mi vida, no todo es fortuna, mucho se le debe adjudicar al esfuerzo.
Pero bueno, eso es en el día a día, y ahora ante esos ojos mirándome con reproche e incredulidad, no sabría discernir si esto era buena suerte o mala, estaba en un estado de estupefacción, no sabía ni que rayos decir, no salía una sola palabra de mi boca, porque en mi mente seguía preguntándome ¿esto es buena o mala suerte?
Lo peor que pudiera llegar a imaginarme es que alguien de mi familia llegara cuando prácticamente estaba manoseándome con Hudson como un par de adolescentes cachondos, si algún integrante de mi familia nos hubiera descubierto, más que temor, me hubiera sentido abochornada por los siglos de los siglos.
Este no era el caso, los ojos pétreos y desorbitados de Max me miraban con horror e incredulidad, y sí, me sentía terriblemente avergonzada, el deseo se había disuelto totalmente dando paso a la vergüenza de verme aquí, como nunca en mi adolescencia, sobre todo siendo descubierta por Max, la persona que me prestó su hombro para llorar una infinidad de veces, el hombre con quien me desahogue por meses, pero me dolía más que el hombre que decía sentir algo por mi me viera a lado de la persona causante de todo ese sufrimiento.
—No lo puedo creer, Deniss
Me miro con reproche, con dolor, sus hermosos ojos dorados se habían apagado, mi adorado Max estaba dolido y claro que no podía ser indiferente ante ello, me dolía verlo así, me dolía pensar e imaginar lo que estaba sintiendo, no sabía la magnitud de sus sentimientos hacia mi, estaba segura que no era amor, pero lo comprendía en su medida, comprendía que la única persona a la que se apegó en los últimos años, la persona que le regaló una familia después de vivir en soledad, se le estaba yendo de las manos. Él creía que todo se terminaría entre nosotros que le arrebataría de tajo el amor de mi familia, que ahora era suya, sin embargo eso nunca pasaría.
—Es que no puedo creer que estés en esta situación con este imbécil, el mismo hombre que hizo de tu vida un infierno durante años —había tanta rabia y dolor contenido en sus palabras —él no te vio llorar y gritar por noches enteras , él... —lanzó un largo suspiro —él no te merece, Belle.
—No eres nadie para decidir si merezco estar a su lado o no, imbécil —había sido demasiado tiempo del silencio de Hudson, lo último que quería era un escándalo aquí. Otra vez.
—Hudson, por favor...
—Aquí el imbécil que no es nadie eres tú, y cierto, no decido por ella, pero con un poco de sentido común, sabiendo todo lo que ella sufrió por tu culpa, es que estoy seguro de que no mereces estar a su lado.
—Tú no sabes nada y no eres quien para emitir un juicio sobre mi o mi relación con Deniss, si ella me concede estar a su lado no es tu maldito problema.
—Así de fácil le perdonaste todo, Belle —sonrió con tristeza, ignorando a Hudson y concentrando esa mirada triste en mi —creí que eras más inteligente.
Me hizo sentir una completa estúpida después de decirme eso, sus ojos, su tono de voz, todo su lenguaje corporal me hacía sentir como la mujer más tonta que pudo conocer.
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Sólo a ti te puedo amar ©
RomanceAlgo he aprendido en estos años, estos años que pasaron lentos como si cada día alguien se empeñara en recordarme cuan doloroso fue amar... Aprendí que sólo se necesita de una persona... de un momento, para cambiar tu vida para siempre. Para cambia...
